Frederich E. Berges
De acuerdo con declaraciones publicadas en diferentes medios atribuidas al Ministro de Hacienda, este hizo unas importantes declaraciones en el almuerzo que auspicia la Cámara Americana de Comercio en el país.
El eje principal de su presentación fue el aludido comentario de que vivimos una situación de fiscalidad insostenible y se entendió que el próximo gobierno tendrá que verse frente al dilema de arrancar su gestión con una profunda reforma tributaria.
A pesar del bombardeo publicitario constante al que nos tienen sometidos en cuanto al crecimiento de nuestra economía, la reducción de la pobreza y otros hitos favorables, lo cierto es que el precio que estamos pagando es insostenible. Amén de que décadas de déficits fiscales se financian con un creciente endeudamiento público, subyace un sentimiento de que ese bienestar publicitado ha sido más para los detentores del poder, sus adláteres y beneficiarios.
Hay que considerar la dificultad de una reforma fiscal cuando se le ha creado el hábito a un amplio número de personas de recibir dádivas del Estado y que, sin resolver ningún problema fundamental, se sienten premiadas. Peor aún, cuando el 82.7 % de los nuevos empleos generados en el primer trimestre del año son informales, uno se pregunta: ¿quién pagará más impuestos?
La respuesta radica en dos líneas políticamente difíciles, pero coyunturalmente necesarias. Primero, reducir de forma drástica el gasto público, donde apenas un puñado de partidas del Presupuesto absorben la abrumadora mayoría de los ingresos tributarios. Y segundo, entrarle a los evasores, al mismo tiempo que se gravan los juegos de azar, se limita su expansión y se revisan a profundidad las exenciones impositivas.







