Manuel Campo Vidal
Quizás sea “un líder de los de antes”, como se ha escrito criticándolo, pero el discurso en el Parlamento Europeo de Mark Carney, primer ministro canadiense, relanzó la esperanza de una Europa asediada hoy por los tres países líderes mundiales. Como ha denunciado Timothy Garton Ash, pensador británico distinguido con el Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales, Europa sufre un triple ataque: militar desde Rusia, político desde Washington y comercial desde Pekín.
No exagera. Putin invadió Ucrania hace más de cuatro años y lanza una guerra híbrida contra Polonia, países bálticos y otros estados fronterizos. Donald Trump amenazaba a Groenlandia, que es de administración danesa, debilita su participación en la defensa de la OTAN, castiga con aranceles a todos y desafía a Londres y a Madrid por no seguir sus consignas militares o armamentísticas. Y Xi Jinping quiere mostrarse neutral, pero arrincona las producciones industriales europeas.
Europa, que se ha dedicado más a establecer normas burocrática que a investigar, paga ahora lo que el gran Josep Borrell anunció hace unos años: “Reaccionemos. Se acabaron los tiempos en los que el gas asequible venía de Rusia, los productos baratos de China y la seguridad la pagaba fundamentalmente el amigo americano”. Rusia es ahora el amigo de los americanos por los supuestos secretos empresariales que unen a Putin y Trump. Europa quedó sin apenas liderazgo político y asediada también internamente por el crecimiento de las candidaturas de la ultraderecha, anti europeístas, que financian el propio Trump y algunos magnates tecnológicos, como Elon Musk.
El 2027 puede traer un vuelco en la estabilidad europea si Marine Le Pen alcanza la presidencia de Francia y Pedro Sánchez pierde el poder en favor del Partido Popular y Vox, como aseguran las encuestas. La inmigración, la seguridad y el rechazo a la agenda verde son los argumentos que componen el relato político de las fuerzas más radicales. Cierto que los socialdemócratas acaban de recuperar Suecia, pero en Alemania el canciller Merz está cercado por el ascenso ultraderechista imparable en algunas elecciones regionales.
El primer ministro canadiense, Carney, un ex banquero con gran capacidad política, ya deslumbró en la última edición de Davos, en la que presentaba un rechazo a las políticas de Trump, animando a crear una “alianza de potencias medias”. Léase la Unión Europea con Canadá, Brasil, la India, Indonesia y así sucesivamente.
La semana pasada se dio el primer paso en esa dirección y la Unión Europea ofreció la posibilidad de convertir Canadá en el primer miembro asociado comunitario. Quien crea que esto es poco relevante, que observe la feroz respuesta de Trump a ese anuncio amenazando con “cortar el comercio con Europa” si esa asociación progresa.
Pero la presidenta van der Leyen fue aún más allá sugiriendo un pacto defensivo con Canadá, el Reino Unido y Ucrania. Algo así como una OTAN en pequeño, sin Estados Unidos claro, que constantemente desconsidera esa Alianza Militar.
Viene un otoño-invierno difícil por varias razones: la proximidad de las elecciones en varios países y sobre todo por la incógnita de las elecciones legislativas estadounidenses en noviembre en las que Trump ha tenido la desfachatez de ofrecer cinco mil dólares a cada elector si ganan los republicanos. La propuesta recuerda los tiempos más oscuros del caciquismo electoral con compra descarada de votos y alteración de la democracia.
Carney ha sido aclamado en el Parlamento europeo como un actor decidido, confiable y con sentido común: la antítesis del brutalismo de Donald Trump con el que mantiene un pulso particular por la ambición anexionista de Washington sobre el estado canadiense. Ojalá Mark Carney inspire a otros dirigentes europeos apocados. Tiempos difíciles.







