Felipe Román
Apreciado lector, quizás al ver ese título casi inmediatamente hayan llegado a su mente dos posibilidades: 1. Que probablemente se haya descubierto en la actualidad alguna anomalía visual en los perros que les impida ver claramente la carne. 2. Que el autor de esta publicación, por estar ya en una época otoñal, ha decidido escribir un artículo chabacano pensando que en los barrios de la ciudad capital y algunos pueblos ya estamos disfrutando de los “tiempos pascueros”, término distorsionado por la jocosidad que caracteriza al dominicano.
De esa expresión le diremos que en una de sus facetas trata de enviar un metamensaje, en especial de las mujeres, despectivo y sumamente hiriente contra los hombres.
Los hombres, ante esa acusación tan grave, suelen defenderse con argumentos muy pobres, como por ejemplo, que ciertamente se les hace muy difícil controlar la vista ante la presencia de una mujer “bien dotada”, pero que en realidad eso indica falta de respeto, sino su naturalidad, espontaneidad y sinceridad. Argumentan regularmente que el problema radica en que ellos no poseen el talento de disimular de manera teatral, como las mujeres, incluso desde que son niñas. Pero también es cierto que ellas se emocionan incluso con mayor intensidad que los varones en playas, fiestas, gimnasios y hasta en las iglesias con algunos adonis. Y los hombres terminan aceptando que ciertamente son muy torpes al mirar algunas venus.
Y así está por ejemplo la conducta que solemos ver en la mayoría de las mujeres de su incapacidad de comprar en las tiendas de manera relativamente rápida y de limitar sus visitas a centros comerciales. Entonces en estos casos la palabra “carne” en el título de esta publicación sería por las atractivas ropas exhibidas en las tiendas.
Esa conducta ha sido estudiada desde el Siglo X1X. Y quien esto escribe asegura que aunque hay grandes maestros de la psiquiatría que se han referido a ese tema, lo han hecho de una manera injusta, porque procuran dejar la impresión de que algo absolutamente normal, sea percibido como un trastorno psiquiátrico. Así usan expresiones como “compras compulsivas”, e incluso han acuñado el término “Oniomanía” para referirse a esta conducta de las mujeres.
Y rebatimos eso porque se sabe que los compulsivos son prácticamente incapaces de controlarse, como los jugadores de casino en los grandes hoteles de lujo.
Lo mismo suele suceder con los adictos a drogas ilegales que estén sufriendo de un síndrome de abstinencia por la falta de estupefacientes. Es innegable que nada de eso ocurre con las mujeres y las compras.
Tampoco es adecuado denominar como maníacas a las mujeres por su afición a las compras -aunque lo hiciesen de manera metafórica, o supuestamente como chiste-, porque ya sabemos por medio de Sigmund Freud y su libro titulado “El chiste y su relación con el inconsciente”, que los chistes pueden ser usados con una intención sumamente agresiva.
Por eso y otros motivos no nos cansaremos de reiterar que eso fue una conducta misógina de esos grandes maestros de la psiquiatría.
La génesis de todo esto fue cuando a finales del siglo X1X, el psiquiatra francés Valentin Magnan usó el término Oniomanía para referirse a las compras compulsivas de las mujeres. Y esa puerilidad adquirió respeto mundial, cuando psiquiatras como el alemán Emil Kraepelin y el suizo Eugen Bleuler avalaron ese término en sus manuales y tratados.

La inmensa mayoría de las mujeres tan pronto logran hacer sus compras, se sienten relajadas y con una sensación de bienestar.
Sin embargo, aún con el profundo respeto y admiración hacia esos grandes maestros de la psiquiatría, quien esto escribe rechaza ese término porque su génesis está basada en la misoginia.
Hasta los profanos en psiquiatría saben que los cuadros maníacos son trastornos afectivos muy serios y conflictivos, además de que mantienen a las personas afectadas muy inquietas y prácticamente agitadas en todo momento.
La inmensa mayoría de las mujeres tan pronto logran hacer sus compras, en lugar de estar agitadas y ansiosas como las personas maníacas, se sienten relajadas y con una sensación de bienestar que suele deberse a que con esas compras liberan sustancias bioquímicas beneficiosas, como endorfinas, serotoninas, oxitocinas, dopamina e incluso hasta feromonas en algunos casos.
Esas sustancias las hacen sentir paz e identificadas con ellas mismas y diciéndole a su inconsciente: “Esto que hice es justo, y además me lo merezco”.
Así que nadie, absolutamente nadie, aunque sea famoso mundialmente, puede sostener sin que queden dudas razonables que ellas tienen algún rasgo maníaco, basados tan solo en que disfruten muchísimo comprar y que también se tomen mucho tiempo para hacerlo.
Eso de que las mujeres tarden en hacer sus compras y los hombres las hagan rápidamente tiene una génesis antropológica, que se transmite al inconsciente de las hembras de generación en generación, aunque ya las condiciones sean otras.
Se debe a que en la época de las cavernas, el hombre salía a cazar animales, en algunos casos peligrosos. Así que cuando el hombre encontraba alguna buena pieza, tenía que actuar con rapidez para poder cazarla. Mientras la mujer, entre otras cosas, era la encargada de cuidar los frutos, un trabajo que amerita mucha paciencia.
Lo justo sería que en lugar de hablar de conductas compulsivas y maníacas en las mujeres por sus compras, deberíamos considerarlas liberadoras y satisfactorias para ellas, porque ya sabemos de las sustancias bioquímicas beneficiosas que liberan cuando logran hacer sus compras, no las del supermercado, sino en tiendas.
En cuanto a lo teológico, compartiremos con usted que un hombre puede ser ciertamente «débil por la carne», como lo era el rey David. Sin embargo, el monarca pasó por una depresión existencial secundaria debido a un duelo por la muerte trágica de su hijo Absalón.
Entonces en casos como esos, aunque les busquen a varones algo apetecible, no responderá como podría esperarse, porque uno de sus síntomas es lo que se denomina “anestesia afectiva”.
Veamos el relato bíblico: «El rey David era ya viejo y entrado en años; lo cubrían con mantas, pero no entraba en calor. Sus servidores le dijeron: Que se busque para el Rey mi Señor una joven virgen que sirva al Rey y sea su doncella; que duerma sobre tu pecho y el rey mi señor entrará en calor. Buscaron una muchacha hermosa por todos los términos de Israel; encontraron a Abisag la Sunamita, y la llevaron al Rey. La joven era extraordinariamente hermosa, era su doncella y le servía, pero el Rey no intimó con ella». (1 Reyes 1-4. Versión Biblia de Jerusalén latinoamericana).
Conclusión: Solo esperamos que los hombres comprendan y acepten que no es cierto que las mujeres sean maníacas ni compulsivas, porque se sientan alegres como niñas cuando están de compras o en el salón. Y que además a los hombres les conviene aceptar eso, debido a que ya sabemos que luego de comprar estarán relajadas, pacíficas y hasta dispuestas a decir que son liceístas furibundas, aunque no simpaticen con ese equipo de béisbol.
El autor es psiquiatra y general retirado del Ejército.







