Gustavo Volmar
Encuestas de opinión llevadas a cabo en varios países en vías de desarrollo revelan que respecto de las tasas de interés existe una creencia generalizada de que conviene que sean lo más bajas posible. Si suben se entiende que es porque por algún motivo la economía está en dificultades, pero si disminuyen se considera que es una señal de fortaleza. Eso sucede principalmente, según se deriva de las respuestas de los encuestados, porque los aumentos de tasas se han asociado en la percepción popular con situaciones de escasez de dólares, mientras que los descensos se vinculan a etapas en las que las reservas son más holgadas.
Las tasas de interés son en realidad los precios que el dinero tiene en diferentes clases de transacciones financieras, entre ellas los préstamos, los depósitos y la venta de bonos. En el caso de otros artículos, como el pan, las medicinas o el cemento, evidentemente conviene a quienes los compran que sean tan baratos como sea posible. Eso así siempre que esos productos se mantengan disponibles, pero si sus precios bajan demasiado, o son fijados por medio de un control oficial de precios establecido por autoridades gubernamentales, podría suceder que los fabricantes decidan reducir la producción y los adquirientes terminen siendo perjudicados.
El dinero posee, sin embargo, una característica peculiar que gravita sobre la percepción pública. Consiste en que producirlo parece ser muy fácil, mucho más fácil. Basta que el gobierno, a través del banco central, saque los billetes de alguna bóveda y los ponga a circular, y si se le acaban los que tiene guardados, siempre puede ordenar a su suplidor que le imprima más y se los mande. Es obvio que si eso se pudiera hacer sin ninguna consecuencia, todos los países serían ricos la ciencia económica dejaría de ser como es, y los economistas tendrían serios problemas para conseguir trabajo.







