Por J. Luis Rojas
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La vocación de servicio constituye, sin duda, el rostro más visible de la Administración Pública. Quien decide ejercer funciones en una institución del Estado debe poseer, ante todo, una genuina disposición para servir a los demás, pues su misión fundamental consiste en comprender, atender y satisfacer las necesidades y expectativas de los ciudadanos que acuden a los organismos públicos en busca de respuestas, soluciones y servicios de calidad.
En otras palabras, el servicio público exige mucho más que conocimientos técnicos o experiencia profesional; demanda sensibilidad humana, empatía, respeto y tolerancia. Por ello, difícilmente puede desempeñarse como servidor público quien no ha desarrollado la capacidad de comprender y escuchar al prójimo, así como tratarlo con dignidad, consideración, cortesía, amabilidad y un profundo sentido de responsabilidad.
Los “autos” de Evelio Hernández Sánchez
¿Cuántos autos necesita un servidor público para recorrer con éxito los caminos de la Administración Pública? La forma más sencilla y directa de responder esta pregunta es tomando como referencia los planteamientos de Evelio Hernández Sánchez en su obra ¿Cómo elevar tu potencial al máximo?, donde identifica una serie de “autos” que contribuyen al desarrollo integral de la persona y al desempeño efectivo de cualquier responsabilidad, especialmente en el servicio público.
Autoestima: cultivar el amor propio y la valoración personal. Para poder apreciar y respetar a los demás, primero es necesario aprender a apreciarse y respetarse a sí mismo.
Autocontrol: mantener el dominio de las emociones y evitar que las adversidades o circunstancias externas afecten el equilibrio personal y profesional.
Autodeterminación: poseer identidad propia y la capacidad de tomar decisiones con firmeza, criterio y sentido de responsabilidad.
Autodisciplina: cumplir con los deberes y compromisos asumidos, independientemente de las circunstancias o de las ganas que se tengan de hacerlo.
En este contexto, Hernández Sánchez advierte que existe un único “auto” que debe permanecer siempre estacionado en la cochera: la autosuficiencia. Esta se manifiesta en la creencia de superioridad frente a los demás, en el afán constante de ser el centro de atención y en la inclinación hacia la vanidad. Lejos de contribuir al crecimiento personal y profesional, estas actitudes dificultan las relaciones humanas y son incompatibles con la vocación de servicio que debe caracterizar a todo servidor público.
Está claro que el servidor público que fortalece su autoestima, practica el autocontrol, ejerce la autodeterminación y cultiva la autodisciplina tiene mayores posibilidades de brindar un servicio ejemplar, eficiente y trascendente. Estas cualidades no solo contribuyen a su desarrollo personal, sino que también le permiten desempeñar sus funciones con mayor compromiso, responsabilidad y sensibilidad hacia las necesidades y expectativas de los ciudadanos.
Por el contrario, quien se deja dominar por la autosuficiencia limita su capacidad de servir, dificulta sus relaciones con los demás y se aleja del verdadero espíritu de servicio que debe caracterizar a todo servidor público. La Administración Pública requiere profesionales competentes, pero, sobre todo, personas humildes, conscientes de que servir a la ciudadanía constituye la esencia y la razón de ser de su labor.
Imitar las buenas prácticas
Todos los servidores públicos de la Administración Pública dominicana deberían proponerse conocer, reflexionar y aplicar enseñanzas que contribuyan a fortalecer su crecimiento humano y profesional. En ese sentido, resulta especialmente inspiradora la reflexión atribuida a Amancio Ortega, fundador de Zara: «Cuando estás en paz contigo mismo, llegas a tu casa y a la oficina con alegría, transmitiendo tu optimismo». Esta filosofía de vida pone de manifiesto la importancia del equilibrio interior como fundamento de las relaciones humanas y del desempeño laboral.
A lo largo de su trayectoria empresarial, Amancio Ortega ha sido asociado a valores como la sencillez, la humildad, la disciplina y el trabajo constante, principios que también resultan esenciales para quienes tienen la responsabilidad de servir a la ciudadanía. La incorporación de estos valores al ejercicio de la función pública puede contribuir significativamente a elevar la calidad del servicio, fortalecer la confianza de los ciudadanos en las instituciones y promover una cultura administrativa más humana, eficiente, empática y orientada al bien común. Como este, existen numerosos ejemplos de liderazgo y crecimiento personal que pueden enriquecer la vocación de servicio de los servidores públicos dominicanos.
El servicio público que deja huellas imborrables
Sin importar la jerarquía que ocupe dentro de la Administración Pública, todo servidor público debe ejercer sus funciones con autoridad moral, ética, empatía, cortesía y un elevado sentido de responsabilidad. Sin embargo, por encima de todas estas cualidades, debe distinguirse por una auténtica vocación de servicio, entendida como el compromiso permanente de colocar las necesidades de la ciudadanía en el centro de su gestión.
Es precisamente esa vocación la que transforma cada acción y cada decisión en una oportunidad para servir al bien común. Gracias a ella, la labor institucional trasciende el mero cumplimiento de funciones administrativas y se convierte en una expresión de entrega, sensibilidad humana, solidaridad y responsabilidad social, fortaleciendo así la confianza de los ciudadanos en las instituciones públicas y en quienes las representan.
El buen servidor público se distingue por actuar conforme a sólidos valores y principios éticos que garantizan la calidad, la transparencia, la integridad, la responsabilidad y la cortesía en cada una de sus actuaciones. Estas cualidades deben reflejarse tanto en su relación con los ciudadanos como en su interacción con compañeros, supervisores y colaboradores, contribuyendo así al fortalecimiento de una cultura institucional basada en el respeto y el compromiso con el bien común.
No debe perderse de vista que la razón de ser de la Administración Pública es servir a la ciudadanía, atendiendo sus necesidades, expectativas e intereses mediante la prestación eficiente, oportuna y transparente de los servicios públicos. Por esta razón, el ejercicio de la función pública exige responsabilidad, disciplina, profesionalismo y una auténtica vocación de servicio.
Tanto en la República Dominicana como en cualquier otra nación, la Administración Pública no puede concebirse como un espacio para la indiferencia, la improvisación, la indisciplina o la falta de compromiso. Por el contrario, demanda servidores públicos capaces de cumplir con sus deberes, respetar las normas y procedimientos institucionales, honrar la cadena de mando legítimamente establecida y actuar siempre dentro del marco de la legalidad y la ética.
En consecuencia, una Administración Pública eficiente y orientada a resultados no tiene cabida para quienes incumplen sus horarios de trabajo, desatienden sus responsabilidades, vulneran las disposiciones institucionales, menosprecian el trabajo en equipo o tratan a los ciudadanos con indiferencia y falta de respeto. Servir al Estado implica comprender que cada función desempeñada representa una oportunidad para generar valor público y contribuir al desarrollo de la sociedad.
El buen servidor público
El servidor público que valora y ama lo que hace suele ser una persona que aprecia y respeta profundamente a los ciudadanos. Independientemente de su condición socioeconómica, preferencias políticas o creencias religiosas, los trata con respeto, consideración, empatía y vocación de servicio. Asimismo, los servidores públicos de carrera desarrollan las competencias técnicas y humanas necesarias para actuar correctamente en todo momento, lugar y circunstancia.
Los hechos y las experiencias han demostrado que el servicio público ético, humano, eficiente y eficaz no está hecho para quienes buscan comodidad o la acumulación de riqueza material. Por el contrario, está reservado para quienes están dispuestos a asumir responsabilidades con vocación y compromiso, dedicando sus mejores esfuerzos a satisfacer las necesidades de la ciudadanía las veinticuatro horas del día y los siete días de la semana.
El buen servidor público cumple y respeta las normas sin excusas ni pretextos. Mantiene una relación de respeto y profesionalismo con sus superiores, desempeña sus funciones con disciplina y sentido de responsabilidad en la institución donde labora, y brinda a los ciudadanos una atención digna, trascendental, respetuosa y humana.
Además, protege y administra con integridad los recursos públicos, se distingue por ser una persona confiable tanto dentro como fuera de su entorno laboral y honra, con cada una de sus actuaciones, la función que representa. Trabaja orientado al logro de resultados significativos que generen valor para la sociedad y comprende que el acceso a posiciones de mayor responsabilidad debe sustentarse en méritos, experiencia y competencias previamente desarrolladas, y no en aspiraciones desprovistas de la preparación necesaria.
Vocación de servicio
La vocación de servicio constituye un activo intangible de incalculable valor que se fortalece y perfecciona cada día mediante su ejercicio constante, sin importar el momento, el lugar o las circunstancias. Su importancia es tan esencial para el servidor público como una prenda indispensable para la vida cotidiana, pues orienta sus acciones, decisiones y comportamientos hacia el bienestar de los ciudadanos.
En términos sencillos, la vocación de servicio es la capacidad de servir con excelencia, empatía, compromiso y sentido de responsabilidad, incluso cuando nadie observa, cuando las condiciones no son favorables o cuando resulta más fácil limitarse a hacer lo estrictamente necesario. Implica dar lo mejor de sí para satisfacer las necesidades y expectativas de la ciudadanía, reconociendo que son los ciudadanos quienes, a través de los impuestos que aportan, hacen posible el funcionamiento de la Administración Pública y la remuneración de quienes tienen el honor de servirles.
La vocación de servicio del servidor público no se extingue al finalizar la jornada laboral ni depende de su estado de ánimo. No se negocia, no se improvisa y mucho menos se finge. Tampoco consiste en trabajar únicamente a cambio de un salario o en limitar el cumplimiento de sus responsabilidades al horario establecido. Por el contrario, constituye una actitud permanente de compromiso con el bien común y con la satisfacción de las necesidades de los ciudadanos.
Se trata de una cualidad que distingue, diferencia y caracteriza a quienes ejercen la función pública con integridad, ética, responsabilidad y profesionalismo, haciendo del servicio brindado a los demás un principio rector de su conducta dentro y fuera de la institución.
Principios éticos del servidor público
Los principios éticos que deben regir la conducta del servidor público no son simples sugerencias, sino obligaciones inherentes al ejercicio de la función pública. Entre ellos se encuentran la confidencialidad, la integridad, la objetividad, la transparencia, la cortesía, la amabilidad, la tolerancia, la responsabilidad, la eficacia, la eficiencia, la rendición de cuentas, la empatía y la vocación de servicio.
Estos principios constituyen la base sobre la cual se construye la confianza ciudadana en las instituciones del Estado. En consecuencia, quien no es capaz de respetar estos valores fundamentales difícilmente podrá respetar y servir con dignidad, equidad y compromiso a los ciudadanos, que son la razón de ser de la Administración Pública.
El servidor público que asume la vocación de servicio como una filosofía de vida difícilmente llega tarde, entrega tarde o responde tarde a sus responsabilidades. Concibe al ciudadano como la razón de ser de su trabajo y, por tanto, lo trata con respeto, dignidad y consideración, nunca como una carga o un estorbo. Cumple las normas, procedimientos y políticas institucionales con responsabilidad, no se escuda en excusas para justificar incumplimientos y actúa con diligencia para alcanzar resultados efectivos y sustentables.
Asimismo, fomenta el trabajo en equipo, evita generar conflictos innecesarios que obstaculicen los procesos institucionales y demuestra apertura, resiliencia y capacidad de adaptación frente a los cambios. En definitiva, el servidor público con verdadera vocación de servicio contribuye a la construcción de una sociedad más justa, eficiente y solidaria, así como al fortalecimiento de un mejor país. Por el contrario, quien carece de ella termina debilitando las instituciones, afectando la calidad de los servicios y erosionando la confianza de la ciudadanía en la Administración Pública. Ante esta realidad, cabe preguntarse: ¿cómo anda la vocación de servicio del servidor público de República Dominicana?







