Por Charlie Núñez
Las leyes, en cualquier país, son normas que rigen el comportamiento ciudadano de una sociedad organizada; estas emanan del poder legislativo y existe toda una estructura estatal que se encarga del respeto y la aplicación de estas.
La República Dominicana de hoy exhibe un gran dinamismo económico y modernidad, que se combina en lo social con la indisciplina, el individualismo, la ambición desmedida, el irrespeto y la falta de formación, que nos ha convertido en una gigantesca masa desordenada, digna de avergonzarse frente a cualquier selva de animales.
El tránsito y el transporte son el mejor ejemplo de lo que acabamos de expresar. Existía una ley de tránsito de 1967, cuando comenzaba el crecimiento del parque vehicular, para ese año se calculaba en unas 100 mil unidades. En la actualidad, se estima en unos 6 millones setecientos mil unidades, el 57% de motocicletas, un 30% de carros y jeepetas.
Aunque hoy exista una nueva ley, la 63-17, denominada de movilidad, transporte terrestre, tránsito y seguridad vial, que se acomoda a la modernidad y crecimiento económico del país, las acciones de quienes estamos llamados a cumplir las normas establecidas, por las cuales fue modificada la ley, se ajustan más al desorden social generalizado en el que hemos caído.
Un parque vehicular grande, de unidades nuevas, y un alto porcentaje de estas de lujo; pero también muchas que son los sustitutos del burro en los campos, son vehículos de fácil acceso por su precio o facilidad de adquisición; todo conductor vive indistintamente en torres o mansiones de lujo, apartamentos, casas o casuchas; y es en las calles y carreteras donde se unen todas las clases sociales en ese punto común.
Y vuelvo a repetir como un disco rayado lo que señalo con frecuencia: la mala calidad de la educación y la falta de oportunidades nos convierten en una sociedad dividida entre los que disfrutan del crecimiento económico y la modernidad y los que solo lo ven desde las calles; en esas calles donde se expresan muchos resentimientos.
El Estado nos entrega calles estrechas en mal estado, mal señalizadas, unos agentes de tránsito sin autoridad de ningún tipo, aceras en mal estado y llenas de obstáculos, sin estacionamientos públicos, transporte público deficiente; mientras la población responde con una interminable lista de violaciones con un régimen de consecuencias al azar, del que están exonerados los privilegiados de la sociedad, que pueden ser de arriba o de abajo.
Ese panorama que hemos descrito se traduce en estrés, pérdidas de tiempo y económicas, temor de la gente al salir o de salir a las calles, unas calles por las que transitan casi 4 millones de motores sin que ningún gobierno haya ni siquiera pensado en ordenar ese sector, hoy mayoritario en el país.
Una sociedad que se ha tornado violenta de por sí, mezclar todos esos ingredientes en un mismo escenario es como un volcán en erupción; lo único que en vez de lava, las amenazas son con pistolas, machetes y bates de béisbol, que cuando hay suerte se quedan siendo blandidos, cuando no, corremos con las peores consecuencias.
Sin educación, autoridad y un régimen de consecuencias justo, ninguna ley es suficiente. Un país no puede aspirar al desarrollo mientras normaliza el desorden.
¿Quién culpable, quién inocente?; lo que sí entiendo, que si las autoridades no van a jugar su papel con responsabilidad y el ciudadano no va a entender que es el más perjudicado con el desorden que él mismo provoca con la anuencia estatal, lo mejor es que eliminemos las leyes de tránsito, que todos salgamos armados y dispuestos a mat… con cualquiera, porque así al menos la gente decente no tendrá tantas desventajas frente a los que ya andan armados.







