Andrés Vander Horst
La tarde del 23 de febrero de 1981, un teniente coronel de la Guardia Civil irrumpió pistola en mano en el Congreso de los Diputados y ordenó a todos tirarse al suelo. Sonaron los disparos. Casi todos obedecieron. Adolfo Suárez permaneció sentado en su escaño.
Lo conocí por medio de mi padre. Primer presidente del gobierno democrático tras Franco y luego presidente de la Internacional Liberal, Suárez me enseñó que el centro no es refugio de indecisos. Desde allí legalizó el Partido Comunista cuando casi nadie se atrevía y ayudó a convertir una dictadura en democracia. Al recordarlo, me convenzo de que hoy no faltan políticos moderados. Sobran políticos sin definición.
Sobran los políticos de vitrina. Cuidan cada fotografía y convierten cada aparición en una operación de maquillaje. No explican en qué creen. Preguntan qué quiere escuchar cada público.
Son capaces de estar con Dios y con el diablo, siempre que ambos tengan suficientes seguidores.
La vitrina no nació con las redes. Berlusconi convirtió su imperio televisivo y su imagen de empresario triunfador en instrumentos de poder. Menem hizo campaña entre celebridades, fútbol y Ferraris prometiendo justicia social; ya en el poder, giró hacia las privatizaciones y la apertura. No discuto esas reformas. Señalo la distancia entre la imagen ofrecida y el rumbo seguido.
Pero liderar no es decirle a cada grupo lo que desea escuchar. Es explicar lo que uno considera correcto, sostenerlo bajo presión y aceptar el costo. La vitrina puede ganar likes. No puede gobernar un país.
La independencia sin criterio no es libertad: es vacío. Y ser de centro no significa buscar siempre la mitad entre dos adversarios. Hay momentos en que la razón está claramente de un lado. El centro es la libertad de llegar hasta allí sin pedirle permiso a una tribu.
Mi centro es empírico. Observa, mide y corrige. Si una política funciona, no importa quién la propuso. Si fracasa, no importa quién la defiende. El populismo cuenta aplausos. El buen gobierno cuenta resultados.
Por eso me considero parte de un extremo centro: extremo en la defensa de la democracia, la evidencia y las instituciones; extremo contra el populismo, el caudillismo y la política convertida en espectáculo. Aquella tarde de 1981, Suárez ya no era popular. Había dimitido semanas antes, desgastado y sin encuestas a su favor. No tenía cámaras que complacer. Solo convicciones.






