Ignacio Nova
El tema a que esta entrega se refiere desborda cualquier consideración sobre el ordenamiento institucional oficial al respecto. Su objeto no es ingresar al terreno de las lamentaciones sino al prospectivo de las esperanzas.
La Educación funda la cultura para que la cultura rija la educación.
Esta fascinante interrelación e interdependencia es, sin embargo, caricaturizada y despojada de sus auspiciosos beneficios cuando la azada de los supuestos especialismos la troncha y asesina.
Ese proceso, ¿se vive en los centros desde los cuales la educación es servida? ¿Garantizar la presencia y crecimiento idóneos de ese proceso es la meta rectora de la gestión educativa? Iguales preguntas, aunque reflexivas, sobre la cultura se imponen.
Se nutre y eleva la cultura nacional sobre fundados paradigmas. No sólo aquellos relativos y pertenecientes a las epistemes. Aquellos otros sobre la sociedad y la calidad de las personas como miembros de un Estado. Me refiero a los que guían las conductas individuales, privadas y públicas.
Una jovencita que sirve en una heladería, debe devolver $180 pesos a un cliente y opta en devolverle sólo $60. Cuando se le pregunta: “¿Dónde está la diferencia?”, no responde, sólo mira fijamente al cliente. Al este advertirle que eso es robar, ella responde: “¡Y qué, aquí roba todo el mundo!” para, de muy mala gana, completar el cambio.
Un grupo empresarial desvía hacia sus almacenes camiones cargados de mercancías en tránsito, destinadas a otro mercado, evadiendo impuestos por miles de millones de pesos. Y así sigue la fiesta: sórdida, colectiva, impúdica. ¿Por qué es así, entonces? Las personas involucradas son educadas, no son analfabetas, cursaron procesos educativos.
Émile Durkheim —no procede el cansancio ante ello— pensó que su ocurrencia sólo denotaba el grado de desviación de los roles institucionales, su calidad de Estado deformado. No la percibió como causa que a la vez es consecuencia. La anomia anomiza. En medio de su condición, la civilidad y el humanismo reciben reiteradas estocadas, sangran, agonizan.
La anomización es continua: se profundiza y extiende, alterando esa relación educación-cultura, pues la sabe su enemiga. Las sociedades interesadas en superar esa condición así la perciben y en consecuencia y “movida en su remedio”, actúan.
Así los delincuentes terminan libres. Y la justicia es un proceso surgido de una de las obras de Samuel Beckett: “Esperando a Godot”.
Esto presenta como urgente la tarea esencial: reeducar, ajusticiar con justicia.





