Julio César Castaños Guzmán
A la orilla de una albina seca un recuero y dos burros esperaban mientras el sol rebotaba en las arenas blancas.
Algunos cayucos, guasábaras y diversos espinos matizaban el paisaje.
Los asnos integrados a ese ambiente secano tenían bastante experiencia. Se dice que sus ancestros llegaron de España para mover el trapiche de un ingenio. Sin embargo, en otra versión, descendían de recuas de aguateros que también vendían arena.
Los animales siguieron comiendo arbustos y desechando espinos. Eran muy parecidos en la panza blanca y en las orejas largas. Pero uno tenía los ojos de ónix y otro como de carne de luna.
Las tórtolas de ala blanca o fifí iniciaron un cruce, pero no se posaron ni cerca de las arenas salobres.
El “salao” estaba caliente esa mañana. El dueño de los burros se quedó contemplándolos. Y con freno y gurrupela en mano se le había hecho tarde debatiendo a cuál de los dos aparejaría para el viaje.
Eran viejos, testarudos. Eran obstinados, trabajadores y bien dispuestos. Desde muchos años atrás cuando llegaron como pollinos al “salao” se habían disputado el pobre espacio vital donde les había tocado vivir.
Sin que ninguno pudiera vencer al otro, se habían resignado a una coexistencia llena de resabios y mordiscos; entre coces de ira y cabriolas de cortesía, a veces.
El hombre, mientras espantaba los mosquitos que salían de marismas cercanas, continuó calladamente ponderándolos.
Se trataba de un viaje largo, y las esteras amanecieron al aire oreándose.
Un resplandor de mediodía hizo que los belfos de los jumentos se hincharan sin afanes.
El jinete se puso espuelas y un soplo salado lo reanimó.
Los burros seguían bebiendo del hilillo que le quedaba al cachón y mordisqueando maleza seca, pero elegir ya no era tan fácil. El tiempo los había acercado, les había enseñado. La vocación, desde saleos, de buscar agua, liderar recuas y cargar arena, se había fundido.
Y fue cuando, como una señal en el cielo, un petigre acosó un guaraguao, y de novedad en la tierra el sol acabó de matar una iguana en las arenas ardientes. El hombre, resuelto y desconcertante, los aparejó a los dos. Montó en uno y enfiló con otro.
Partió para Higüey a cumplir su promesa, pensando que si reventaba uno usaba la montura de refresco.
Él, los animaba con la punta de un aguijón de bayahonda. Y subieron páramos, pasaron trechos de muerte; vadearon tremedales, trotaron por llanuras.
En el camino se auxiliaba de uno para el día, y en la noche usaba el ciego que se orientaba por el rumor de las estrellas.
Los búcaros que estaban sabaneando y que son rastreros, cantaron a cierta hora. El vuelo de las auras tiñosas les anunció que estaban cerca. Los jumentos se alborotaron porque un querebebé también los rodeaba con su canto circundante y repetitivo, los espantaba con la onomatopeya de su voz misteriosa que asemeja una matraca lejana desgranada en alguna solemnidad mística, o al final de un rito iniciático.
Esa mañana, antes de que entraran los Toros de la Virgen, ya en las puertas del pueblo de Salvaleón de Higüey, el carillón de la Basílica de La Altagracia tocó a rebato. El recuero destino –desmontándose—arreó las bestias que se mandaron juntas, y una algarabía inundó el pueblo.
Se arrearon banderas, se lanzaron vítores. Consignas y hurras con fervor partidario a viva voz fueron proclamadas.
Unos iban al morado y otros al colorado.
Entonces alegrando la polvareda del galope las campanas insistían: –“tin, tan, tilín, tintán” –. La multitud voceaba: –¡Juan… Joaquín!, ¡Joaquín y Juan!






