Víctor Bautista
Imaginen un vehículo que no se distrae con el celular, no insulta al de al lado, frena a la distancia exacta, respeta los semáforos y conduce cumpliendo al pie de la letra todas las normas establecidas. No es una utopía de Silicon Valley; es Waymo, el servicio de «robotaxis» autónomos desarrollado por Alphabet, la empresa matriz de Google.
A diferencia de un Uber tradicional, aquí no hay conductor. El asiento delantero está vacío. El volante gira solo, guiado por un entramado de cámaras, radares y un sensor en el techo que mapea el mundo en tres dimensiones y en tiempo real.
Hace poco probé este sistema en Atlanta, una de las pocas y exclusivas urbes elegidas por la compañía para desplegar su flota comercial. La selección de estas ciudades no es casualidad: Waymo busca la predictibilidad. Necesita calles con líneas bien pintadas, conductores que respeten los carriles, infraestructura predecible y gobiernos con marcos legales estrictos.
¿Qué pasaría si soltamos a esta criatura de Google en el caos indomable de Santo Domingo? Lo que sigue es el relato fantástico de ese experimento imaginario. El cronómetro marcaba las 5:15 p.m. cuando el auto blanco de Waymo inició su sistema en la Avenida Winston Churchill. Sus sensores ópticos, diseñados en laboratorios climatizados de California, resplandecían bajo el implacable sol caribeño. El software comenzó su rutina estándar: buscar líneas de carril, identificar señales de tránsito y calcular distancias de frenado basadas en las leyes de la física y el sentido común.
Pobre criatura inocente. No sabía que acababa de entrar al noveno círculo del infierno vial. El primer colapso cognitivo ocurrió a los tres metros. El algoritmo de Waymo, programado para mantener una distancia de seguridad prudente con el vehículo delantero, intentó frenar suavemente. Error fatal. En Santo Domingo, un espacio de dos metros no es una zona de seguridad; es una invitación abierta para que tres «motoconchos», un «delivery» armado con una neverita de poliestireno y un carro público destartalado se metan en diagonal al mismo tiempo.
Al llegar a la intersección con la 27 de Febrero, el semáforo se puso en rojo. El Waymo, programado para ser un ciudadano modelo, se detuvo en seco antes de la línea peatonal. El caos social no tardó en manifestarse detrás de él. Una sinfonía ensordecedora de bocinas, coros de «¡Avanza, mi hermano!» y epítetos irreproducibles retumbaron contra los cristales del vehículo autónomo.
Un limpiavidrios, armado con un harapo sucio y un galón de agua jabonosa, se abalanzó sobre el parabrisas. Las cámaras del auto entraron en cortocircuito: el sistema interpretó la espuma y el rostro enfurecido del hombre como un bloqueo por tormenta de nieve severa y activó los limpiaparabrisas a máxima velocidad. El golpe de gracia llegó un kilómetro más adelante. El Waymo avanzaba a ciegas, con sus procesadores al 99% de su capacidad intentando predecir el comportamiento de los conductores locales. De repente, el suelo desapareció. Un registro sin tapa, oculto por un charco de agua de lluvia, devoró la costosa rueda delantera del Jaguar.
El problema de no ver un Waymo en las calles dominicanas en las próximas décadas no es una limitación de la tecnología de Google; es el reflejo de nuestro propio fracaso urbano. Los vehículos autónomos no sucumbirían en Santo Domingo porque sean débiles, sino porque nuestras ciudades carecen de la estructura más básica para la convivencia. La falta de señalización, el irrespeto absoluto a la ley vial, la ausencia de consecuencias para los infractores y la informalidad del transporte público crean un entorno donde solo sobrevive la audacia.
La tecnología de vanguardia necesita orden para florecer. Mientras sigamos gobernados por el caos y el individualismo al volante, las grandes revoluciones del mañana nos seguirán pasando de largo, recordándonos que, antes de aspirar a tener autos que se manejen solos, todavía nos falta aprender a manejarnos a nosotros mismos.







