Federico A. Jóvine Rijo
Los grafitis de Pompeya nos hablan de una sociedad romana mucho más terrenal que la que el clasicismo nos hace imaginar. Una donde el morbo, los chismes y las calumnias eran algo cotidiano. Dos mil años después, nada ha cambiado.
El sapiens es un mamífero complejo, en él confluyen todas las contradicciones posibles. Puede ser dar su vida por un desconocido y a la vez se deja seducir por las peores bajezas. Nada humano le es ajeno –diría Terencio–, por eso vemos cómo se repiten los mismos patrones sin importar época, cultura, país o nivel socioeconómico.
Hoy las redes sociales son las paredes donde la gente escribe los mismos grafitis de siempre… donde descarga sus miserias. Esta semana el “bloque” se dio vida hablando sobre supuestos problemas de pareja en el mundo de la farándula; el morbo y la bajeza nunca duermen. Más allá de publicaciones que entretienen, generan “likes”, “views”, y buscan monetización, hubo también publicaciones desde cuentas empresariales alegóricas al tema.
Por obsolescencia neuronal, el manejo de redes no es cosa de adultos mayores; el ecosistema digital exige herramientas, conocimientos, destrezas, agilidades e intuiciones que les sobran a los jóvenes… y que les faltan a los viejos (así de duro como suena). El problema viene cuando los Community Managers que administran cuentas corporativas de empresas (de todos los calibres y tamaños), por su relativa corta edad –sin desmeritar la juventud como cantera de talento y reserva de progreso–, carecen de la experiencia o capacidad proyectiva del impacto que pudiera tener una publicación en la reputación de la empresa.
No todo es chercha y no todo es montarse en la ola a cualquier costo, con tal de generar tráfico. La experiencia sigue siendo una referencia y las lecciones aprendidas a través de la prueba y el error, construyen criterios y filtros a través de los cuales se pueden proyectar las consecuencias de subir o no determinada publicación, y de visualizar el impacto que la misma pudiera tener.






