Daris Javier Cuevas
El fenómeno de la globalización ha inducido a grandes innovaciones que han impactado en la vida social a escala planetaria, algo irrefutable. Pero resulta que este fenómeno ha estado acompañado de la dispersión o desgaste de las antiguas instituciones del Estado de bienestar, situación que han dado paso a un proceso de individuación que amplió las prácticas liberales, tanto en la formación del universo económico, como en las subjetividades.
Y es que el omnipresente fenómeno de la globalización ha ido generando un malestar con lo universal, lo colectivo y lo público, al tiempo que prometió un menú de realizaciones microcolectivas o individuales que aún están incumplidas.
En adición, creó el espacio entre ciudadanos del mundo y ciudadanos locales, entre lo público y lo particular, entre los derechos económicos y sociales, y en ciertos casos, ha incrementado reclamos concretos o afines al acrecentamiento de los derechos individuales, pero también, ese proceso de individualización ha chocado con algunas medidas de gobiernos de carácter progresistas y, otras veces, conservadores.
Y es que la trascendencia de la desigualdad, de la desestabilización de la vida habitual y de las expectativas individuales frente a lo que origina la corrupción, la inflación, política impositiva, hacen del mundo de la adhesión y participación en la democracia se torne indiferente de manera generalizada, fruto de las intensidades de estos malestares y la aparición de microviolencias.
Es obvio interpretar que una combinación de desigualdad y privilegios social retroalimentan la impresión de incertidumbre, al tiempo que deteriora los lazos de respaldo.
Es decir, la brecha entre el progreso de los sistemas económico, político y social, y la cimentación de un contorno de vida cotidiana satisfactorio, inducen esta sensación de intranquilidad existencial.
A la Luz de la razón, tal situación se construye y surge por dificultades como la desigualdad, la precariedad laboral, la falta de oportunidades y la crisis de representación, lo cual se manifiesta de forma tácita con dejadez y activa protestas y movilizaciones callejeras.
Pues las evidencias empericas, muestran que este malestar se engendra a partir de la existencia de crisis de confianza institucional, agudización de la desigualdad económica y fuertes precariedad laboral y social con impacto negativo en la salud, educación y la alimentación.
Una mirada detenida a lo que está ocurriendo a escala global permite observar la existencia de una progresiva insatisfacción social preocupante que estimula a la violencia, tal como el caso de Francia, España, Argentina, Chile y Paraguay.
Pues se trata de una expresión progresiva de insatisfacción social que ha provocado que muchos gobiernos pongan más atención a la criminalidad y a la violencia en perjuicio del interés por el curso de la economía, abandono este que estaría explicando en una alta proporción el deterioro inocultable que se observa en la economía a escala planetaria.
En la actualidad, la economía mundial se caracteriza por un crecimiento cada vez menor, girando alrededor de un 2%, proyección 2026. Además, existen amenazas de grandes riesgos, tales como es una creciente deuda pública, inflación por los precios elevados de la energía, afectando especialmente a los países que no producen petróleo.
A escala planetaria se está asistiendo a una enorme tensión económica que, al mismo tiempo, están provocando una reducción de los espacios fiscales del que disponen los Gobiernos para financiar sus políticas y en numerosos casos, desfavorable a la salud y educación.
En tal virtud, es recomendable que, para mitigar este malestar social, se sugiere que los gobiernos deben apelar a una política de desarrollo económico y social eficaz cimentada y organizada sobre la base del Estado de derecho, pensada para atraer mayor inversión nacional y extranjera con innovación tecnológica, capaz de satisfacer las aspiraciones de la sociedad, incorporando así una nueva estrategia del modelo económico con menos riesgos.







