Pablo Mckinney
Si el presidente es el mejor promotor y defensor de su gobierno; si, desde aquellos apagones de junio de 2025 con blackout incluido, los números electorales ya no cuadran tan bien y la ventaja del PRM sobre los dos PLD es cada vez menor, es normal que —de nuevo— el mandatario se haya lanzado al ruedo de la comunicación desde el Palacio en búsqueda de la atención. Hoy, el político que pierde la atención (y el gobierno la estaba perdiendo) es como un viajero que perdió el tren, como un bar sin copas con la vellonera rota. Por eso: “Aló Presidente”, “Las mañaneras”, “LA Semanal” y ahora “LA Agenda”.
Uno se enteró de que el presidente tenía claras estas cosas en septiembre de 2020, pero ha sido seis años después cuando la realidad mediática ha venido a confirmarlo. Hoy el poder no está en la información, en los medios ni en el conocimiento en sí, sino en la atención. Por eso Abinader no se detiene y “rinde más que una sopa de pobres”; por eso con frecuencia se mata sus propias noticias con una nueva.
Quien controla la atención tiene el poder, porque ella define la agenda, impone el diálogo social, crea identidad y sentido de pertenencia, algo que vale oro en este siglo XXI de huérfanos afectivos, huérfanos de la soledad y el aislamiento social.
El gobierno actual y los partidos que aspiran a serlo deben entender que ya, más que administrar planteamientos técnicos o ideológicos, los políticos administran la atención de los ciudadanos; pero, claro, primero deben tenerla.





