Federico Jovine Rijo
A los dominicanos nos basta mostrar la cédula para hablar de cualquier tema, porque, en nuestra condición de últimos “Hombres del Renacimiento”, sabemos de todo.
A esa característica esencial hay que sumarle nuestra profunda desconfianza hacia nosotros mismos. Esa propensión a descreer de nuestros logros; de dudar de nuestro desarrollo material y social (que se refleja en estadísticas e indicadores); de creernos tanto que somos el peor país del mundo, que más de 50,000 compatriotas emigran formalmente cada año, al punto que casi el 20% de nuestra población vive fuera… y creciendo.
¿Pesimismo dominicano?, ¿falta de confianza?, ¿hartazgo de vivir en una sociedad donde, pese a sus innegables avances, sigue siendo desigual e injusta?
Pero, ¿es realmente así? En los últimos 50 años este país ha cambiado dramáticamente, y para mejor. Sin excepción, todos los indicadores hablan de una sociedad donde la esperanza de vida ha aumentado 16 años; el acceso a servicios de salud es universal; el analfabetismo ha disminuido; las tasas de escolaridad han aumentado; la vivienda se ha masificado y los préstamos son accesibles. ¿Somos la misma sociedad? ¿Cuánta gente usa “panchos”? ¿Quiénes usan “ropa dominguera”?
A pesar de todas las muchas buenas noticias, insistimos en ver el vaso medio vacío (algunos prefieren verlo seco, mientras chequean el carrito de Amazon o Temu desde su teléfono inteligente de última generación), y los culpables de todas las desgracias imaginarias e inexistentes son los políticos.
A quienes sueñan con antisistemas, outsiders, martillos, revoluciones o dictaduras, hay que recordarles que todo el desarrollo de este país ha sido gracias a los políticos dominicanos, no a pesar de ellos. Quienes han liderado políticamente el Estado y han dirigido el país hacia esta realidad que hoy vivimos, y que a nivel mundial se nos reconoce, han sido ellos.
Los que en los momentos más críticos han sabido sentarse, hablar, hacer acuerdos y poner el país primero, han sido los políticos. Si no, ahí están 1986, 1990, 1994 o 2020… por si se nos olvida.







