Dominique Tatis
Hay una deuda que República Dominicana arrastra hace décadas y que no aparece en ningún informe del Banco Central. No se mide en dólares ni en puntos del PIB. Se mide en obras a medias, en leyes que nadie cumple, en talento que se va y en confianza que se pierde. Es la deuda del ego.
El verdadero freno de este país no es el precio del petróleo, ni la tasa de cambio, ni la economía global. Es una clase dirigente, pública y privada , que sigue confundiendo el cargo con la persona, el aplauso con el resultado, y la foto con el legado. Es, en el fondo, un problema de madurez.
Lo más incómodo es que esto no es culpa exclusiva de “los políticos”. Es cultural. El mismo ego que paraliza al Estado también quiebra empresas familiares en la segunda generación, rompe sociedades entre amigos, vacía equipos de talento y convierte reuniones de trabajo en pulsos de vanidad. Nos cuesta ceder. Nos cuesta delegar. Nos cuesta reconocer que el otro puede tener razón. Y esa incapacidad sumada,tiene un costo país enorme.
La salida no es esperar líderes perfectos. No van a llegar. La salida es construir sistemas más fuertes que el ego de quien los ocupe: un servicio civil técnico que sobreviva a los gobiernos, políticas públicas diseñadas a veinte años, métricas que evalúen impacto estructural y no presencia mediática, y una ciudadanía que premie la coherencia por encima del carisma. Eso hicieron Singapur, Irlanda y Taiwán. No tuvieron dirigentes más humildes que los nuestros; tuvieron instituciones más maduras.
Y ahí entra la parte incómoda, la que casi nadie quiere leer: madurar duele. Controlar el ego —callar cuando uno quiere responder, ceder cuando uno quiere ganar, pensar a diez años cuando todos aplauden lo de mañana, es probablemente la tarea más difícil que existe, en política y en la vida. Pero es la única que, cumplida, ha convertido países pequeños en potencias.
República Dominicana necesita líderes y ciudadanos dispuestos a crecer. A bajar el volumen del yo para subir el volumen del país. A entender que servir no es figurar, y que el legado no se mide en titulares sino en lo que queda cuando uno ya no está.
El desarrollo sostenible empieza el día en que dejemos de gobernarnos y de vivir desde el ego. Ese día, aunque no lo creamos, empieza a nacer otro país.







