Juan Salazar
Cuando escuché recientemente al director del Instituto Nacional de Tránsito y Transporte Terrestre (Intrant), Juan Manuel Méndez García, prometer que acabará con los tapones en la capital, recordé ese proverbio popular que reza: “El camino al infierno está empedrado de buenas intenciones”.
El refrán se utiliza con frecuencia, sin que se considere una expresión pesimista, para advertir que muchas veces las buenas intenciones no garantizan resultados satisfactorios. Se requiere que estén acompañadas del valor y la firme voluntad para alcanzar las metas y objetivos trazados.
Y precisamente, lo que se observa cada día en las vías del Gran Santo Domingo en materia de tránsito y transporte terrestres es un real pandemonio que amerita medidas heroicas, sin importar los intereses que se toquen, para tan solo paliar sus infernales efectos.
Méndez García ha definido varios ejes para garantizar un tránsito fluido en esa caótica demarcación: Recuperación de la red semafórica con tecnología inteligente, regulación del transporte pesado, mayores controles en la importación y venta de motocicletas, un centro de monitoreo, inspección técnica vehicular, digitalización del sistema de multas y una estrategia de comunicación institucional.
En el papel suena como un sueño que la mayoría de los ciudadanos anhela ver concretizado, con decisiones al alcance del funcionario y otras que escapan a su control porque dependen de la voluntad política del Gobierno central.
Citaré sólo algunos aspectos bajo su responsabilidad que podrían enviar un claro mensaje de la intención del director del Intrant de enfrentar el caos del que se benefician diversos sectores y hasta el propio Estado.
Comenzar a organizar la casa sería un primer paso para desempedrar ese tortuoso camino que tiene por delante, comenzando por la Dirección General de Seguridad de Tránsito y Transporte Terrestre (Digesett).
Le pondré un solo ejemplo. En la avenida Máximo Gómez, en el trayecto desde la San Martín a la Kennedy, casi frente al local de la Dirección Central de Inteligencia Delictiva (Dintel) de la Policía Nacional, se colocan cada día cerca de una docena de agentes de la Digesett con un único objetivo: multar a conductores.
Algunas de esas contravenciones son injustas, sin que el ciudadano tenga la opción de un confiable Tribunal de Tránsito donde revertir el predecible resultado de ese desigual pleito entre el huevo y la piedra.
Para muestra un botón. Un taxista me contó con amargura que hace unos días intentó cruzar el semáforo de la avenida San Martín que estaba en verde cuando comenzó a hacerlo, pero un vehículo que iba delante se ralentizó y terminó pasando en amarillo. No valió razonarle al agente de tránsito que no pudo avanzar por el vehículo que estaba delante y tampoco retroceder porque tenía otro detrás. Tuvo que pagar esa multa injusta por “cruzar en rojo”. Es un testimonio que he escuchado en repetidas ocasiones.
Eso ocurre porque, lamentablemente, la Digesett ha pasado de prevenir el caos en el tránsito a penalizarlo, convirtiéndose en un organismo esencialmente recaudador que deja pingües ingresos al Estado por colocación de multas. Ese detalle también explica por qué la mayoría de sus agentes se ubican después de los semáforos para penalizar la infracción, en lugar de antes para evitarla.

Con el caos en el tránsito, se requiere ir más allá de los discursos, ventas de sueños y las buenas intenciones.
Soy un firme defensor de la aplicación del imperio de la ley para desincentivar a infractores, pero sin olvidar también la efectividad de la prevención.
Otro aspecto bajo el control del director del Intrant, ahora que se anuncia una inspección técnica vehicular entre los meses de febrero y marzo del próximo año, sería acabar con la corrupción que ha prevalecido en ese proceso durante décadas.
¿Cómo se explica que vehículos casi en condición de chatarras estén circulando por calles, avenidas y carreteras del país?
Para nadie es un secreto que el pago de coimas posibilita que chatarras y anafes andantes se mantengan rodando y contaminando el medioambiente.
Una inspección seria y rigurosa, además de la carrocería de los vehículos, se enfocaría en otros detalles que provocan accidentes y contaminación, como neumáticos lisos, falta de luces, deficiencia en amortiguadores, silenciadores defectuosos y emisiones descontroladas de gases de escape.
Las buenas intenciones de Méndez García también chocan con decisiones que no dependen de él porque ameritan la intervención del Gobierno central. Un ejemplo, el caos del tránsito entre el Distrito Nacional y el municipio Santo Domingo Norte, mejor conocido como Villa Mella.
Sin que ocurra algún imprevisto, atravesar el puente Francisco J. Peynado que comunica a ambas demarcaciones es una mezcla diaria de paciencia e impotencia.
Aunque no le deseo mal a nadie, creo que un presidente de la República solo podrá aquilatar la magnitud del problema si un día queda atascado en un taponamiento por accidente o vehículo averiado en la estructura, y hasta con sus franqueadores inhabilitados.
En ese puente los taponamientos son colosales hasta cuando un mime se muere en la calzada.
Y la situación no es más agobiante por el servicio de la línea uno del Metro de Santo Domingo que funciona en ese trayecto, pero hasta ese sistema de transporte luce actualmente desbordado por la enorme cantidad de usuarios que moviliza.
Es tan solo una muestra de soluciones a mayor escala que escapan a la responsabilidad del director Intrant, pero que requieren ir más allá de los discursos, ventas de sueños y las buenas intenciones.
La semana pasada vi como cientos de haitianos se lanzaron a las calles de Puerto Príncipe a vitorear al presidente Nayib Bukele, quien ha enviado a soldados salvadoreños a enfrentar a las pandillas en esa nación.
¿Hay razones para el entusiasmo? Creo que sí por el precedente de enfrentar con éxito a los pandilleros en El Salvador.
¿Hay motivos para el optimismo con Méndez García en su ciclópeo objetivo de afrontar el caos del tránsito en el Distrito Nacional y la provincia Santo Domingo?
Con el funcionario también tenemos el pedigrí de su exitoso desempeño en el Centro de Operaciones de Emergencia (COE), pero ahora encara la mayor tormenta de su ejercicio como servidor público.
No se puede predecir si Bukele tendrá en Haití iguales resultados que en El Salvador. La nación con la que compartimos isla atraviesa una crisis social, política y económica sumamente compleja.
Concretizar esas buenas intenciones de erradicar el caos del tránsito en la capital también cae en lo impredecible. Igual de complicado. Seríamos capaces de salir a las calles a vitorear al director del Intrant si lo logra.
Ojalá en ambos casos no sea como el escritor español Pedro Calderón de la Barca expuso en un verso del monólogo del personaje Segismundo en su obra teatral “La vida en sueño”, estrenada en el año 1635: “¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción, y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son”.
Pero con los sueños, buenas intenciones y la cruda realidad que emana del asfalto, siempre hay que dejar una puerta abierta a la esperanza.





