Alicia María Alvarez
Desde sus orígenes en África hace aproximadamente 300.000 años, el Homo sapiens ha encontrado en la comunicación una de las principales fuerzas impulsoras de su evolución. La capacidad de representar ideas mediante símbolos, desarrollar el lenguaje, construir significados y transmitir conocimientos permitió al ser humano transformar su entorno y establecer las bases de las sociedades que hoy conocemos. Comunicar ha sido, desde siempre, mucho más que intercambiar información: ha significado relacionarse, interpretar el mundo, construir cultura, identidad y desarrollar pensamiento.
A lo largo de la historia, cada gran transformación tecnológica ha modificado nuestras formas de comunicarnos y comprender la realidad. La escritura permitió preservar el conocimiento; la imprenta multiplicó su difusión; la radio y la televisión transformaron la comunicación de masas; Internet modificó las relaciones sociales y el acceso a la información. Ahora, la inteligencia artificial (IA) introduce un nuevo punto de inflexión: una tecnología capaz no solo de procesar información, sino también de generar discursos, interpretar instrucciones, producir contenidos y participar en procesos de interacción que antes considerábamos exclusivamente humanos.
Aquí surge uno de los mayores desafíos de nuestra época: el riesgo de delegar el pensamiento. ¿Estamos utilizando la inteligencia artificial para ampliar nuestras capacidades o comenzamos a transferirle procesos que deberían permanecer bajo nuestra responsabilidad intelectual? Cuando dejamos que un algoritmo formule nuestras ideas, construya nuestros argumentos, interprete nuestras emociones o determine nuestras decisiones sin cuestionamiento alguno, corremos el riesgo de convertirnos en usuarios eficientes de la tecnología, pero cada vez menos autónomos en el ejercicio del pensamiento.
Pero estas oportunidades también plantean interrogantes sobre la calidad del aprendizaje. ¿De qué sirve presentar un trabajo académicamente impecable si quien lo entrega no puede argumentar sus ideas, defender sus conclusiones o demostrar que ha construido conocimiento? ¿Qué sentido tiene formar profesionales capaces de utilizar las tecnologías más avanzadas si no desarrollan la capacidad de cuestionarlas, comprender sus consecuencias y actuar responsablemente?
Desde el punto de vista de la Educación Superior, la universidad tiene ante sí una responsabilidad ineludible: formar un Homo sapiens tecnológico que no renuncie a su condición humana. Esto supone fortalecer, al menos, cinco dimensiones fundamentales.
A estas dimensiones se suman la creatividad, como capacidad de imaginar, innovar y construir una voz propia, y la conciencia social, que nos recuerda que la comunicación no puede reducirse a interacciones digitales. El diálogo presencial, el debate, la convivencia y la construcción colectiva del conocimiento siguen siendo esenciales para el desarrollo de las personas y las sociedades.
En esta dirección, la UNESCO, en su Guía para el uso de IA generativa en educación e investigación (2024), plantea la importancia de adoptar un enfoque humanista, ético y centrado en las personas. Esta perspectiva resulta fundamental para comprender que la incorporación de la inteligencia artificial en las universidades no puede limitarse a una actualización tecnológica; debe implicar también una transformación pedagógica, cultural y ética.
El Homo sapiens tecnológico tendrá que aprender nuevos lenguajes, desarrollar nuevas competencias y adaptarse a otras formas de comunicación. Pero, sobre todo, deberá preservar aquello que ninguna innovación debería arrebatarnos: la capacidad de pensar por nosotros mismos, sentir con los demás, distinguir el bien del mal y asumir la responsabilidad de nuestras decisiones.
Porque el futuro de la comunicación no dependerá exclusivamente de cuánto avance la inteligencia artificial, sino de cuánto estemos dispuestos a preservar y desarrollar nuestra inteligencia humana.
El futuro no debería ser una competencia entre la inteligencia humana y la artificial. Debería ser una oportunidad para que la tecnología nos admita ser más humanos.
La autora es decana y profesora titular de la Facultad de Artes y Comunicación de la Universidad APEC







