Selinée Méndez
Un niño que aprende a programar no da instrucciones a una máquina: aprende a ordenar sus ideas, reconocer errores y buscar soluciones. Esa capacidad debe estar al alcance de todos los estudiantes dominicanos, sin depender del ingreso familiar, del colegio al que asistan o del lugar donde hayan nacido.
La República Dominicana necesita incorporar progresivamente la inteligencia artificial, la programación y la robótica como contenidos obligatorios desde la educación primaria. No propongo sustituir los cuadernos por pantallas ni entregar nuestra enseñanza a los algoritmos. Propongo ampliar las herramientas con las que nuestros niños comprenden el mundo y pueden transformarlo.
Leer, escribir y dominar las matemáticas seguirán siendo pilares insustituibles. Precisamente sobre esos cimientos debemos construir una alfabetización tecnológica que enseñe a pensar, crear y decidir. De poco serviría manejar una aplicación si el estudiante no comprende lo que lee, no puede explicar sus conclusiones o acepta cualquier respuesta automáticamente.
En los primeros grados, esta formación puede comenzar sin computadoras: ordenar secuencias, identificar patrones, resolver acertijos y explicar los pasos necesarios para realizar una tarea. Después pueden incorporarse programación visual, proyectos de robótica y actividades supervisadas que permitan entender qué hace una inteligencia artificial y dónde puede equivocarse.
La tecnología debe vincularse con problemas cotidianos. Un grupo podría diseñar un sistema para detectar desperdicios de agua; otro, programar una señal que recuerde apagar las luces; otro, organizar información sobre los residuos de su comunidad. Aprender tendría entonces un propósito visible: mejorar el entorno mediante conocimientos compartidos.
Pero ninguna transformación educativa comienza comprando equipos. Comienza preparando maestros. Necesitamos formación docente, acompañamiento en las aulas, materiales adecuados y tiempo para planificar. El profesor debe conducir este proceso con criterio pedagógico. La inteligencia artificial puede apoyarlo, pero nunca reemplazar su sensibilidad, su orientación ni su responsabilidad educativa.
También necesitamos equidad. Una asignatura obligatoria sin electricidad confiable, conectividad, mantenimiento y recursos accesibles podría ampliar las diferencias que pretendemos reducir. Por eso, la implementación debe priorizar las escuelas con mayores carencias y combinar actividades digitales con experiencias prácticas que puedan realizarse incluso cuando no haya conexión a internet.
La protección de la niñez debe formar parte del currículo. Enseñar inteligencia artificial también significa enseñar privacidad, verificación de información, respeto por la autoría y reconocimiento de sesgos. Las herramientas utilizadas deben ser apropiadas para cada edad, contar con supervisión adulta y evitar la exposición innecesaria de datos personales.
Propongo que el Ministerio de Educación convoque a docentes, universidades y especialistas para diseñar una ruta nacional con metas verificables. Debemos comenzar con proyectos piloto, evaluar aprendizajes y ampliar gradualmente la cobertura. El éxito debe medirse por lo que los estudiantes comprenden y construyen, no por la cantidad de dispositivos entregados.
Esta política exige continuidad más allá de un período gubernamental. Requiere de presupuesto, evaluación independiente y participación de las familias. Debe reconocer que formar ciudadanos capaces de cuestionar una respuesta automática importa tanto como enseñarles a producirla. Nuestra aspiración debe ser una generación creativa, crítica y responsable.
El futuro no puede convertirse en otro privilegio reservado a quienes pueden pagarlo. Cada niño dominicano merece aprender a utilizar la tecnología con inteligencia y libertad. La escuela debe abrir esa puerta desde temprano: no para que nuestros hijos dependan de las máquinas, sino para que puedan decidir qué hacer con ellas.





