Daniel Nolasco
A juicio del filósofo británico, Alfred Edward Taylor, existe un parangón entre las vidas de Sócrates, oriundo del ático, y Jesús de Nazareth, lo cual en términos divinos pudiere verse como un aserto herético, toda vez que el primero fue en premisa lógica universal un simple mortal, mientras que el otro quedó investido como fuente inspirativa del cristianismo, pero semejante símil vino a cuento porque dejaron sendos discipulados, cuya misión ha sido propagar en filosofía y en teología las prédicas propiciatorias de la redención humana mediante iluminación racional o revelación sobrenatural.
Debido a la titulación previamente preconizada, cabe pergeñar de ahora en adelante algunos parágrafos muy sinópticos acerca de Sócrates, por cuanto en el decurso de todo su peregrinaje existencial llevó una vida que le inmortalizó como el referente obligatorio del filósofo por antonomasia, pese a que Pitágoras de Samos fue primigenio en asumir dicho apelativo, mientras que Aristóteles le dio semejante coronación a Tales de Mileto.
Sin ser un escolarca formal, Sócrates vino a considerársele como el maestro por excelencia de la polis ateniense, así como de toda la comunidad griega y a través del tránsito inexorable del tiempo lo fue de la humanidad en general, ya que el peregrinaje filosófico que profesó por doquier dio lugar a la creación espontánea de un género literario, bautizado con la etiqueta perenne de diálogo, entre cuyos discípulos figuran como precursores, autores de tanta nombradía en esta nueva prosa como Jenofonte y Platón, este último con el onomástico propio de Aristocles.
De tales discípulos, Platón constituyó el pináculo literario en torno a la ficción estilística recién creada, tras escribir para caracterizar la vida de su maestro diversas obras en esta nueva prosa, entre ellas Apología, Critón, Eutidemo, Eutifrón, Fedro, Fedón, Teeteto, Cármides, Cratilo y otros, cuyo contenido le permitió a la humanidad enterarse sobre la profesión de fe hacia la divinidad u obediencia apolínea, el desinterés por la física, la incriminación de impiedad, la incitación escapatoria, el método pro descubrimiento del saber con certitud, la función originaria del lenguaje, el onirismo poético, la ironía o modestia superlativa acerca de su propia sabiduría.
En torno a la ciencia con certitud, Aristóteles le atribuyo a Sócrates haber realizado una aportación relevante para el conocimiento lógico, por cuanto el maestro itinerante solía requerir definición prioritaria, precisa o universal sobre cualquier cosa, materia o ente ideal objeto de aprehensión cognoscitiva, a través de la puesta en cuestionamiento mayéutico, seguido de respuesta, tesis, hipótesis o premisa conjetural pertinente, cuya demostración era obtenida mediante interacción dialógica con orientación aporética sucesiva.
Como hábito de todo filósofo, ha venido a ser una práctica muy socorrida valerse de la docta ignorancia, pero que en Sócrates dicha consuetud recibió el nombre de ironía, consistente en modestia superlativa, estrategia o argucia heurística mediante la cual el maestro se mostraba nesciente o insipiente, o bien solía jugar el rol de discípulo para provocar el diálogo intersubjetivo e igualitario, estimulando el alma de cada participante con miras a propiciarle la ayuda necesaria, de suerte que así pudiera darse el alumbramiento de las ideas en torno a la materia tratada.
En efecto, el método socrático, usado en la investigación filosófica mediante interacción dialógica, también pudo llamarse refutatorio, aporético o provocativo, en tanto que iniciaba con una interrogante heurística hacia determinado interlocutor que quedaba incitado a contestar mediante tesis, argumento hipotético o premisa conjetural y tras de sí, entre laberintos suscitados durante toda la conversación dialéctica, era dable arribar hacia la mejor conclusión posible, sin que el resultado fuere definitivo.
Por cuanto la causa del vicio de la humanidad era la ignorancia, Sócrates, en lugar de ser corifeo de la filosofía natural, igual como lo hizo Tales de Mileto y sus epígonos, mejor quiso ocuparse con devota exclusividad de la eticidad de los conciudadanos suyos mediante inculcación de la virtud, cuya perfección era obtenible, a través de la búsqueda incesante por conocer a ciencia cierta la naturaleza de las cosas o verdad, así como otras cualidades esenciales de toda persona, entre ellas justicia, sabiduría, prudencia, valentía, templanza, autodominio y examen en mismidad, lo cual le mereció ser considerado como padre de la psicología, pero a sabiendas de que semejante eudemonismo hacia sus congéneres trajo consigo la condena por impiedad, hasta morir ingiriendo la cicuta.







