Sergio Ramírez
A veces, con afán un tanto deportivo, repaso la nómina de los premios Nobel de todos los tiempos. A quienes entre ellos he leído, cuáles no leería nunca, cuales otros no volverían a leer, y aquellos cuyos nombres no me dicen nada. Sus nombres están inscritos en las lápidas de un vasto cementerio, algunas de ellas sobresalientes, otras perdidas entre la hierba.
Rubén Darío se arrepentía de haber firmado un manifiesto en contra de don José Echegaray, cuando lo recibió en 1904, ocasión en que fue zaherido por una turba iconoclasta y justiciera, que encabezaba Valle-Inclán, porque, según rezaba el manifiesto, su obra era melodramática y anticuada. Lo decía nada menos que el pleno de la generación del 98.
¿Qué pasa, por ejemplo, con mi paisano centroamericano, Miguel Ángel Asturias? Cuando le concedieron el premio Nobel en 1967, las campanas de todas las iglesias de Guatemala se echaron al vuelo, y no era para menos. Y antes de hacer su triunfal viaje en tren a Estocolmo, volvió a su país natal, y fue revestido con los honores de rigor: una copa de champaña en el palacio presidencial, las llaves de la ciudad que le otorgaba el municipio, diplomas de asociaciones artísticas, algún concierto de marimba.
Tenía la estampa de un hombre de buen diente, y sí que lo fue, como lo demuestra el libro que escribió al alimón con Pablo Neruda, Comiendo en Hungría, donde relatan sus aventuras culinarias en Budapest, cuando coincidieron en agosto de 1965, invitados oficiales del Partido Obrero Socialista Húngaro.
Como valientes comedores que ambos eran, emprendieron una bien planeada excursión por los más augustos restaurantes de la ciudad y sus alrededores, y sus anfitriones del partido sabían escoger bien cuáles platos de la cocina magiar los seducirían mejor. Eran celebridades oficiales en el mundo soviético, ambos Premios Lenin de la Paz; cuando Neruda lo recibió en 1951, el nombre del galardón era Premio Stalin de la Paz.
“¡Hígado de ángel eres”!, exclama Neruda en una breve oda al foie gras húngaro; y sobran los elogios al Tokay y al Egri Bikáver, el rojo y espeso vino Sangre de Toro, “toro con corazón de terciopelo”, como canta el mismo Neruda en un soneto; pero bajo esa marca los hay de diferentes calidades, pues el Sangre de Toro que yo compraba en Berlín Occidental en los años setenta, en las temporadas en que escaseaban los marcos, era de los más baratos que uno podía hallar, y venían en botellas de a litro.
Tras esta disquisición gastronómica, y no hay cómo no tener envidia de los festines que se describen por parte de ambos autores, regreso a los engañosos parámetros de la eternidad literaria. ¿De qué vale, en verdad, el título de premio Nobel frente al olvido? En vida, para ser tratado a cuerpo de rey en agotadoras, y a la vez placenteras, giras por restaurantes, como esa de que disfrutaron Asturias y Neruda, ambos ceñidos por los mismos dorados lauros suecos.
Neruda, más allá del repaso fundamental de la cruda historia de América que es el Canto General, seguirá sirviendo de secretario de los amantes con sus Veinte Poemas de amor, y esa es una forma de eternidad. Y de Asturias, aunque se le lee poco hoy día, me sigue seduciendo el retrato sombrío de la Guatemala crepuscular de El señor presidente, y la parafernalia verbal de Hombres de maíz.
En fin… “¡Y tan buen comedor guardo bajo mi manto!





