Juan Francisco Puebllo Herrera
Una noticia reciente debería provocar una reflexión que trasciende el hecho que la origina. Un alcalde explicó que había designado a una persona para determinada función atendiendo a la recomendación de una institución de la que se supone tiene una reconocida autoridad moral. Tiempo después, aquella persona fue desvinculada y luego señalada por las autoridades en relación con un grave hecho.
Sería injusto atribuir a quien recomienda responsabilidad por actuaciones posteriores que desconocía y que no podía prever. Recomendar no significa garantizar para siempre la conducta ajena. Pero el episodio deja una enseñanza diferente y necesaria: recomendar también exige prudencia.
La recomendación adquiere mayor trascendencia cuando proviene de instituciones cuya palabra posee un peso moral especial. Quien la recibe puede entender, con razón, que detrás de ella hubo conocimiento suficiente de la persona y una ponderación responsable de sus cualidades. Y cuando el recomendado falla, el lodo no se queda en él: salpica al que lo avaló. El prestigio que sirvió de aval es el primero en pagar la cuenta.
Nadie conoce por entero el comportamiento futuro de otra persona. Esa realidad, lejos de restar importancia a la recomendación, obliga a ejercerla con mayor mesura.
A veces los acontecimientos ofrecen espejos inesperados. Conviene mirarse en ellos antes de recomendar, no después.





