Manuel Campo Vidal
La situación es verdaderamente extraña. A seis semanas de unas elecciones en España que pueden significar el fin de ciclo de Pedro Sánchez en el poder, las encuestas conceden una holgada victoria de la suma de derechas, Partido Popular y Vox. Incluso más cerca de doscientos diputados que de los ciento setenta y seis imprescindibles (la mitad más uno) para elegir en el Congreso al presidente dej gobierno. Sin embargo, se respira nerviosismo general, como si eso no estuviera suficientemente garantizado. En esa duda ambiental se instala la débil esperanza de la izquierda de conseguir “una histórica remontada”. Solo el CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas) de Tezanos sitúa al PSOE varios puntos por delante del PP.
Por si acaso, el candidato popular Nuñez Feijóo se abstiene esta vez de reclamar que “debe gobernar la lista más votada”. Lo definitivo será que PP y VOX sumen y en esa previsión se coincide. Otros, como Iván Redondo, que fue director de gabinete de Sánchez, confían en que “aún hay partido”, es decir, que el líder socialista, a su entender, no está liquidado.
Podría haber alimentado algo esa idea el que las fuerzas a la izquierda del PSOE llegaran al acuerdo de concurrir a las urnas con una sola lista; pero a las izquierdas les atrae más la teoría física de la desintegración del átomo que el instinto de colaboración y de alianza. Así que por un lado irá Podemos, enquistada sin éxito en la colocación en las listas de Irene Montero, y por otro el Frente Amplio, nombre rimbombante pero de límites estrechos. Si acaso, queda la duda de si el acuerdo PSOE-Frente Amplio para candidaturas conjuntas al Senado servirá para arañar algunos escaños a las derechas, los suficientes para evitar la mayoría absoluta. El Senado importa cuando los números lo convierten en incierta válvula de paso obligada para lo que se aprueba en el Congreso.
El Partido Socialista, si no logra revalidar una mayoría de investidura en la cámara baja, aspira al menos a cerrar el paso a decisiones adversas en la cámara alta. Con Podemos en esa coalición, alguna posibilidad más existiría porque a veces el resultado en cada provincia se dilucida por centenares de votos. Tal como ha quedado, el propósito será más difícil de cumplir. El 29 de noviembre saldremos de dudas.
En ese camino a las urnas, partidos y líderes se afanan en arramblar votos donde puedan estar. Los socialistas llevarán a la Diputación Permanente del Congreso el decreto de vivienda que Junts, aliado con PP y Vox, impidió aprobar. Feo, pero todo vale. La vicepresidenta Yolanda Díaz, que está de salida (camino de la Organización Internacional del Trabajo, si puede recolocarse), quiere dar el campanazo de una subida del cinco por ciento del salario mínimo. El empresariado hierve.
Circulando las dudas por esos canales principales, quedarán en la cuneta muy probablemente otras opciones. Entre las derechas, por ejemplo, el eurodiputado Alvise Pérez y en el centro, la propuesta de Democracia 21, de Miriam González, la esposa de Nick Clegg, aliada con restos de Ciudadanos, que necesitaba más tiempo para emerger. Y por supuesto, los partidos regionalistas, que acaso recuperen fuelle en las elecciones municipales y autonómicas del mayo del 27.
Hay encuestas rotundas pero nervios alterados. Y un mitin como el de Pedro Sánchez en Fuenlabrada el sábado 17, con la emocionalidad desbordada sobre el asedio judicial a su esposa Begoña, inquieta. Con razón. No sea que haya partido.







