Manuel Campo Vidal
Con los sofocones de la actualidad, alternando catástrofes naturales como la dana o incendios pavorosos, con una grave crisis política programada como la de Ceuta, vivir es un desasosiego. Pero además de lo imprevisible, sabemos ya que el curso político, de octubre 26 a octubre 27, tiene programados al menos seis momentos determinantes para configurar el mundo inmediato que se nos viene encima.
Esas elecciones pueden sumergirnos en una realidad aún más difícil. Primera incógnita: elecciones en Brasil el cuatro de octubre. O Lula, o Bolsonario hijo. O continuidad progresista, o alineamiento del gigante amazónico con el giro a la derecha dura que acaba de dar Colombia con De la Espriella.
En noviembre, elecciones de mitad de mandato en Estados Unidos, la última oportunidad de frenar las desmesuradas políticas trumpistas. Esperanza demócrata y centrista que combate Donald Trump reordenando la geografía electoral en varios distritos para asegurarse resultados. Y la increíble promesa de donar cinco mil dólares a cada elector si vencen los republicanos. Desde el oscuro caciquismo electoral del siglo XIX, no se recuerda semejante violación de la democracia. Elecciones muy influyentes esas en las que, como decía el admirado Manuel Vázquez Montalbán, deberíamos votar todos, porque a todo el mundo influye el resultado.
De ahí en adelante, tres elecciones en potentes países europeos: Francia, España y Polonia. Todavía no hay candidato del centro, o progresista, para oponerse a Marine Le Pen, de tendencia ultraderechista. Superados los obstáculos judiciales, podrá ser candidata y, según las encuestas, presidenta de Francia en Mayo 27. En su programa hay una seria reconsideración del europeísmo y en voz baja se habla hasta de salida del euro, lo que significaría una catástrofe comunitaria.
Y sin fecha de elecciones en España con un Pedro Sánchez hostigado por un nivel de crispación insólito en democracia. Los sondeos aseguran la victoria en diputados de la “coalición” PP-Vox, o Vox-PP, a la vista de la influencia del partido de Abascal donde cogobierna; léase, Extremadura, Valencia, Andalucía, Murcia y Castilla y León. Pero los votos solo cuentan en urnas.
El Partido Popular avanza hacia el poder compartido pero desconciertan, especialmente a sus votantes, episodios deplorables como el del gas pimienta en el Congreso protagonizado por su diputada Ana Vázquez. Tan esperpéntico el numerito de la diputada como el grupo parlamentario popular puesto en pie aplaudiéndola. Todos menos su presidente, Alberto Núñez Feijóo, cabizbajo, al que no podía complacerle el espectáculo hooligan. Si las elecciones no llegan pronto, semejantes despropósitos solo dañarán las expectativas y la imagen de líder de su candidato.
Pedro Sánchez, que sigue sin resolver del todo el dramático incidente ceutí, que le erosionará electoralmente, presenta su imagen internacional potente en Naciones Unidas, Harvard y en reuniones con inversores internacionales. De nuevo las inversiones extranjeras han crecido en España en la primera mitad del año. Al mundo del dinero no parecen importarle demasiado las bravatas de Trump que se refiere a España como “un país de perdedores”. Pero tener éxito exterior no garantiza en absoluto triunfo electoral interior. Sánchez gana tiempo y celebra las torpezas del Partido Popular; pero necesitaría mucha ayuda, en diputados, para revertir los pronósticos y mantener la presidencia.
Sin desconsiderar otras elecciones como las de Nigeria, Guatemala, Finlandia y Argentina, sumemos a esas incógnitas, las elecciones de medio mandato en México (junio) y las de Polonia en octubre 27. La Unión Europea puede ser otra y también América Latina pagaría la factura.






