Andrés Vander Horst
En Francia, las protestas estudiantiles enfrentan al gobierno de Sébastien Lecornu con un problema que cualquier aspirante al poder debería observar: atender las demandas de más profesores y mejores condiciones educativas exige recursos, mientras el déficit y los intereses de la deuda estrechan el presupuesto. Las reivindicaciones compiten con obligaciones que consumen parte del dinero disponible. Las expectativas no disminuyen porque falten recursos. Lo que aumenta es la frustración cuando las respuestas no llegan.
Pienso en esa escena cada vez que alguien me habla de 2028. Quien aspire a gobernar la República Dominicana debería leer con calma el reciente análisis de Henri Hebrard sobre la próxima reforma fiscal. Ahí encontrará cifras, propuestas y una pregunta que muchos preferirían contestar después de las elecciones: ¿con qué dinero piensa cumplir lo que promete?
Hebrard plantea un esfuerzo fiscal gradual que, al término de diez años, alcanzaría el equivalente al 7.5 % del PIB, entre mejor recaudación y reducciones de gastos. Se pueden discutir la cifra y sus supuestos. Lo que no se puede es fingir que la cuenta no existe. Quien gane en 2028 la heredará, la haya leído o no. La distinción importa: una reforma tributaria modifica los impuestos; una reforma fiscal revisa, además, en qué se gasta cada peso.
El riesgo crece cuando un gobierno empieza con poco respaldo o lo gasta demasiado rápido. Los legisladores miran su propia reelección, los aliados toman distancia y los sectores afectados descubren que la calle les da lo que la mesa de negociación les negó. La reforma queda atrapada entre la urgencia de los números y la fragilidad de la política.
Por eso me inquieta el tono de la carrera hacia 2028. Los aspirantes se afanan por encabezar las encuestas, mientras las decisiones difíciles apenas encuentran espacio en el discurso. La popularidad se ha convertido en la medalla de una carrera que nadie ha ganado. Sirve para la foto de hoy. Dice poco sobre la capacidad de gobernar mañana.
La confianza se gana con el ejemplo. Antes de pedirle más al contribuyente, el Estado tiene que mostrar qué privilegios revisará, qué gastos corregirá y cómo se medirán los resultados. Habrá que proteger a quienes menos pueden absorber el ajuste y ordenar las promesas según el dinero que realmente esté disponible. Los ahorros del futuro no pagan las consultas de hoy.
Ese trabajo empieza en la campaña, y conviene decirlo sin rodeos a quienes hoy encabezan los sondeos. El candidato que esconda las dificultades se expone a que cada incumplimiento sea recibido como un engaño. El que las explique con seriedad llegará al Palacio con un mandato más claro para actuar.





