Manuel Campo Vidal
Es muy difícil recuperarse de un mazazo como el accidente de los trenes de alta velocidad. El segundo en nueve meses. Por el número de muertos y heridos, por el horror del suceso, por el inmenso dolor de la ciudadanía, por el desasosiego y la desconfianza hacia el sistema de trenes que presentábamos como orgullo nacional. E incluso, supone una herida para la reputación del país, con repercusión en sus exportaciones, hasta de trenes, y por supuesto para el turismo. Dramático es lo sucedido y enigmática su recuperación. Hasta se sopesa interrumpir dos años la línea de alta velocidad de Madrid a Barcelona para una reparación en profundidad.
Una infraestructura puntera de hace más de tres décadas, a consecuencia de la liberalización del transporte ferroviario, ha pasado a soportar cuatro operadores en vez de uno: Renfe, Ouigo, Iryo y Avlo. Se abarataron los billetes pero cayó la puntualidad y, lo que es peor, la seguridad, agravada por el constante robo de cables de cobre que tiene sumida en el caos la red de cercanías en Cataluña.
La recuperación será larga y tortuosa. Con la Navidad a dos meses escasos y con millones de reuniones familiares amenazadas de suspensión por imposibilidad de reencuentro. Con las líneas de tren de alta velocidad hacia el sur de España cortadas, no solo caerá el turismo en Córdoba, Sevilla, Málaga y Granada, principales destinos, sino que el impacto en la vida económica general se dejará sentir.
Pero cualquier cálculo de repercusiones económicas, no contempla la herida emocional. Por lo sucedido, por el temor a que se repita y por lo que falta por venir. Y ahí destacan las fiestas navideñas.
En medio, las elecciones del 29-N como en una concatenación de compromisos ineludibles. La tentación de utilizar electoralmente la tragedia queda ahí para quien quiera aprovecharla. Vox se tiró al cuello del Presidente del Gobierno sin respetar duelos, ni conmociones. Todo el mundo miraba a Alberto Núñez Feijóo que en su primera comparecencia empleó un tono contenido, moderado y prudente. “Dolor”, “solidaridad” y “exigencia”, resumió así sus consignas.
Los que miden el barómetro de la credibilidad política admiten que el presidente del Partido Popular ganó puntos ese día. Nada que ver con su denuncia a Pedro Sánchez, horas antes, de responsabilidades en los saqueos comerciales de Barcelona. Nadie cree a los dirigentes populares, ni a los de Vox y a ningún otro, cuando atribuyen la inspiración del vandalismo al presidente del Gobierno. Ahí pierden; y mucho. Cuando la respuesta es como la de Núñez Feijóo en su primera declaración tras el accidente ferroviario, reaparece el tono del político que se conoció en origen y la imagen por la que se consideraba el líder adecuado para ganar elecciones para su partido.
Todo ha cambiado: la campaña electoral será distinta y otros los discursos. Los debates deberán reposicionarse, y deben mantenerse porque son un derecho de la ciudadanía. Los programas, que no contemplaban más que de pasada la inversión en infraestructuras, hay que escribirlos de nuevo.
En 1992, cuando se inauguró el AVE Madrid-Sevilla, Alfonso Guerra, entonces poderoso vicepresidente, afirmó que en su partido no entendían la prioridad sobre Barcelona. “¡Vais hacia África y no hacia Europa!”, le espetaban. Sin empezar hacia abajo, quizás el AVE aún no habría llegado del todo al sur. Ahora la batalla es otra: que funcione con infalible seguridad. Es como refundar el sistema; como rehabilitar los pasillos de España. No más accidentes.






