Marino Vinicio Castillo R.
Creo que es posible que mis amables lectores me hayan oído hablar de la orfandad como fuente de fortaleza, no de indefensión.
En mi caso, llegué a escribir unos versos bajo el título “Elegía Personal del Huérfano”, que en una de las paredes de mi oficina figuran al lado del retrato del padre que no conocí.
En estos días, quizás por efecto de ese poder de la soledad para desentrañar cuanto se ha vivido, he vuelto en forma natural y suave, sin trauma, a recordar especialmente cosas de mi niñez.
Hoy me desperté con el interés de hacer una rememoración de episodios de mi vida, que han sido muchos, para ver si encontraba en ese marco una muestra que me asegurara esas convicciones. Y, en efecto, así ocurrió.
Sería el año ´43, poco antes del Centenario de nuestra Independencia, un día que participaba en una clase de Historia Elemental, el profesor, que era un formidable y abnegado docente, llegó inspirado con la intención de probarnos y nos dijo como tarea: “Quiero que ustedes busquen el significado de dos palabras, astucia e ingenuidad, para que luego me expresen cuál de ellas les resulta más interesante y apropiada para asumirla en la vida. Y les debo decir, se lo planteo porque quiero que ustedes se preparen desde este tiempo para entender la Historia Universal que formalmente se conocerá en otros cursos más avanzados y puedan calificar de acuerdo al bando que hayan escogido, los sucesos de cuanto ocurra.”
Esas dos palabras que proponía el profesor fueron buscadas en los diccionarios a la mano y dos días después se reanudó la interesante clase.
Teníamos que preparar un pequeño escrito para expresar nuestra opinión. Imaginen ustedes qué tipo de encomienda tan compleja se le hacía a adolescentes, pero así fue.
El profesor se entusiasmó con mi pequeño trabajo de dos páginas de cuaderno y armó una bulla enorme; fue al grupo de maestros en el recreo y les comentó del trabajo, pero decidió interrogarme en el sentido de saber si había sido realmente una posición originada por mí mismo o había una mano más adulta trabajando en esto. Yo me sentí ofendido y en cierta medida me convertí en un litigante porque contestaba esa sospecha.
Pasó el tiempo y me fui reafirmando en esas convicciones, pero noté que las mismas tenían algo que ver con lo que había aprendido en mi orfandad, oyendo los testimonios acerca de lo que fuera mi padre, que tampoco me conociera.
Don Nonón decía: “Los jueces mismos, aunque tuvieran un fallo contrario a la suerte de su defendido, respetaban mucho la integridad y rectitud de sus convicciones. Podía estar equivocado, pero era respetado porque no hacía ningún ardid. No era astuto, sino un hombre verdadero, quizás ingenuo por el idealismo que siempre le acompañó en el fuego de sus luchas.”
Qué interesante recuerdo éste y me conmueve mucho traerlo a esta entrega en estos tiempos en que sigue estando en juego ese dilema de ¿Qué debo ser? ¿Astuto para el éxito deslumbrante y engañoso, o ingenuo para soñar y arriesgar, sobre todo por las causas fundamentales de mi Nación?
Es un tema complejo que podría ser explicado sólo mediante métodos de la psicología profunda: El niño receló de la astucia porque podría dar el éxito, aunque grávido de mentiras.
La ingenuidad, en cambio, es honorable, sana y buena y fortalece las reacciones del ingenuo frente a las malicias de los astutos. Abarcante el sayo en el presente.





