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China y República Dominicana: el verdadero debate no es el déficit, sino la competitividad

Por Redacción
18 de septiembre de 2026
en Opinión
China y República Dominicana: el verdadero debate no es el déficit, sino la competitividad
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Haivanjoe Ng Cortiñas

En el debate reciente sobre las relaciones económicas y comerciales entre República Dominicana y la República Popular China se ha puesto el énfasis en el déficit comercial, en la expansión de los establecimientos de capital o propietarios chinos y en la competencia que estos representan para determinados sectores del comercio dominicano.

El debate es legítimo. Pero una discusión puede partir de hechos ciertos y, aun así, arribar a conclusiones equivocadas si los hechos son observados de manera parcial o sesgada.

Antes de hablar de los chinos, conviene hacer una precisión. No estamos frente a una categoría económica homogénea. Hay que distinguir entre la nacionalidad del propietario, el origen del capital, el origen de las mercancías y el modelo empresarial. Una empresa dominicana puede importar mercancías desde China y competir con una empresa cuyo propietario sea chino. Son fenómenos económicos distintos.

Tampoco resulta correcto atribuir a toda la comunidad empresarial china las prácticas irregulares de algunos establecimientos. Hay que separar las ventajas derivadas de productividad, escala y logística de aquellas que eventualmente puedan provenir del incumplimiento tributario, aduanero o laboral. Una cosa es competir mejor; otra es competir incumpliendo las reglas.

Desde el establecimiento de relaciones diplomáticas en 2018, el comercio bilateral ha experimentado una expansión significativa. Pasó de US$2,288 millones en 2018 a US$5,338 millones en 2025, un incremento de aproximadamente 133%. Las exportaciones dominicanas hacia China pasaron de US$180 millones a US$532 millones, un aumento de aproximadamente 196%.

También existe un desequilibrio comercial importante. Pero un déficit bilateral no constituye, por sí mismo, una prueba de que una relación comercial sea perjudicial. La balanza debe analizarse junto con la estructura del comercio, el tipo de bienes intercambiados, su utilización productiva, la inversión, el empleo, la productividad y las posibilidades de exportación futura.

El déficit comercial no es el problema; la baja capacidad exportadora sí.

Dos preguntas debemos hacernos: ¿por qué República Dominicana importa tanto desde China y por qué todavía exporta tan poco hacia uno de los mercados de consumo más grandes del mundo? Ahí está, a mi juicio, el problema.

China exporta hacia República Dominicana maquinaria, equipos eléctricos, piezas y repuestos, vehículos, acero, plásticos y bienes intermedios. Buena parte es utilizada por empresas dominicanas, incluyendo empresas instaladas en zonas francas. Para una economía que necesita importar bienes de capital, materias primas y tecnología, no todas las importaciones tienen la misma naturaleza económica. Algunas pueden desplazar producción nacional; otras permiten producir localmente, elevar la productividad y posteriormente exportar.

La pregunta relevante es: ¿qué hacemos con lo que importamos?

La expansión de establecimientos de capital o propietarios chinos hacia distintas ciudades del país tampoco debería interpretarse únicamente como una expansión geográfica de tiendas. Probablemente estamos frente a una segunda etapa de un modelo empresarial basado en mayor escala, importación directa, variedad, redes de distribución y economías de escala.

Un comerciante que compra grandes volúmenes directamente al fabricante puede obtener un precio menor que otro que adquiere el mismo producto a través de intermediarios. Eso no es competencia desleal. Eso es economía de mercado. China posee una gigantesca base manufacturera y una extensa red de proveedores que permiten reducir intermediarios y operar con márgenes unitarios relativamente bajos, compensados por una elevada rotación.

Pero la competencia desleal existe y debe enfrentarse. La Dirección General de Aduanas ha identificado casos de subvaluación, omisiones fiscales, ventas no reportadas e inconsistencias en declaraciones. Entre 2020 y 2025, según datos citados en el debate, la DGA realizó 139 auditorías al sector asiático y determinó diferencias de impuestos por RD$4,509 millones.

Esto no puede despacharse como una simple percepción de los comerciantes dominicanos. Tampoco sería correcto concluir que la evasión explica toda la diferencia de precios. Para determinarlo habría que comparar productos idénticos y establecer cuánto de la diferencia corresponde a eficiencia y cuánto a prácticas irregulares.

Los consumidores quieren saber quién vende más barato; el país necesita saber por qué los chinos venden más barato.

Por eso, la fiscalización debe ser por conducta económica, no por nacionalidad. El Estado dominicano no debe crear una fiscalización china, sino una fiscalización inteligente basada en riesgo.

La DGII y la DGA pueden cruzar información sobre importaciones, inventarios y ventas para identificar contribuyentes de riesgo. Esto también protege al empresario chino que cumple.

El error sería proteger al comercio dominicano de la competencia. El nuevo modelo introduce escala, importación directa, variedad, bajos precios y alta rotación. Puede desplazar determinados negocios, pero también generar modernización.

El comerciante dominicano tendrá que responder aumentando escala, especializándose, digitalizándose y mejorando sus servicios. Para el consumidor, mayor variedad y menores precios son beneficios, siempre que el precio bajo sea resultado de productividad y no de incumplimiento.

Por eso, la política pública debe proteger al comerciante dominicano de la competencia desleal, no protegerlo de la competencia.

Hay, sin embargo, una dimensión de la relación con China que considero mucho más estratégica. República Dominicana no debería limitarse a ser un mercado de importación de productos chinos. Debemos procurar que el capital chino evolucione progresivamente hacia la inversión productiva: empresas que produzcan, ensamblen, desarrollen centros logísticos y utilicen al país como plataforma de exportación.

La meta debería ser pasar de importar y vender a invertir, producir y exportar. Ese cambio generaría empleo, elevaría la productividad, incorporaría tecnología, fortalecería las cadenas de suministro y podría ampliar nuestras exportaciones.

El verdadero desequilibrio está en nuestra estructura productiva. Si queremos corregir el déficit comercial con China, tenemos dos caminos: reducir las importaciones mediante restricciones o aumentar nuestra capacidad productiva y exportadora. El primero tiene costos. República Dominicana necesita importar maquinaria, equipos, tecnología, materias primas y bienes intermedios. Una economía que quiere crecer no puede cerrar indiscriminadamente sus puertas a las importaciones.

El objetivo debe ser diferente: que una mayor proporción de nuestras importaciones se transforme en producción, productividad y exportaciones y, al mismo tiempo, aprovechar el mercado chino para colocar más productos dominicanos.

República Dominicana ha promovido en China productos como puros, ron, café, ámbar azul y larimar. Pero participar en ferias no es suficiente. Necesitamos una política exportadora específica para ese mercado, con productos competitivos, certificaciones, logística, financiamiento y canales de distribución.

El objetivo no debería ser simplemente vender más. Debería ser vender productos dominicanos de mayor valor agregado.

La discusión sobre China también obliga a revisar cómo evaluamos el comercio internacional. Una importación puede convertirse en capital productivo y una empresa extranjera puede importar componentes y generar producción, empleo, impuestos y exportaciones en territorio dominicano. Por eso, la política comercial debe preocuparse por el valor agregado doméstico, la productividad y los encadenamientos productivos.

La relación económica con la República Popular China debe analizarse desde el interés nacional dominicano. No necesitamos idealizarla, pero tampoco demonizarla. China es una fuente importante de bienes de capital, bienes intermedios y bienes de consumo, y representa uno de los mercados más grandes del mundo. Es una oportunidad, pero también un desafío para nuestra productividad y estructura empresarial.

El desafío dominicano frente a China no consiste en impedir que los empresarios chinos sean competitivos, sino en garantizar que esa competencia se produzca bajo las mismas reglas. Tampoco consiste simplemente en reclamar que compren más productos dominicanos. Tenemos que construir la capacidad para producir aquello que el mercado chino está dispuesto a comprar.

Al final, el debate no debería ser China sí o China no. Tampoco comercio chino sí o comercio chino no. La discusión correcta es mucho más sencilla y, al mismo tiempo, mucho más exigente:

¿Cómo hacemos para que República Dominicana pueda competir mejor?

El problema no se resuelve evitando la competencia, sino aumentando nuestra productividad. No se resuelve importando menos, sino produciendo y exportando más. Tampoco protegiendo empresas ineficientes, sino creando condiciones para competir en igualdad.

En fin, no hay que combatir el comercio chino; hay que combatir la competencia desleal. Y tampoco hay que proteger al comercio dominicano de la competencia: hay que ayudarlo a competir. Ese debería ser el punto de partida de una política comercial dominicana verdaderamente moderna.

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