Ilonka Acosta
La República Dominicana ha demostrado que puede crecer, atraer inversiones y posicionarse en mercados internacionales. Sin embargo, crecer no significa necesariamente transformar la economía. Podemos producir más, exportar más y atraer capital sin desarrollar, al mismo ritmo, las capacidades tecnológicas, empresariales y humanas que permiten crear mayor valor. El desafío consiste en pasar de participar en las cadenas globales de producción a desarrollar conocimiento, crear soluciones y competir por lo que sabemos hacer.
Esta transformación comienza mucho antes de llegar a una fábrica. Está relacionada con nuestra manera de educar, gestionar las empresas, asumir riesgos y entender el éxito. Con frecuencia privilegiamos los resultados inmediatos sobre la construcción de capacidades de largo plazo. Formamos personas para responder a estructuras existentes, pero no siempre para cuestionarlas, mejorarlas o crear otras nuevas. Valoramos la experiencia, pero no siempre la convertimos en conocimiento compartido; reconocemos la importancia de innovar, aunque las urgencias operativas suelen desplazarla.
La experiencia internacional demuestra que esta realidad puede cambiar. Corea del Sur vinculó la educación, la tecnología y el desarrollo industrial para fortalecer su competitividad. Israel desarrolló un ecosistema en el que universidades, empresas, emprendimientos e inversionistas colaboran para llevar conocimiento al mercado. Sus trayectorias son distintas, pero comparten una lección: la competitividad se construye cuando el conocimiento se convierte en innovación, producción y oportunidades económicas.
Aquí aparece uno de nuestros mayores desafíos: democratizar la innovación. Si modernizarse depende exclusivamente de los recursos que cada empresa puede reunir por sí sola, muchas MIPYMES quedarán rezagadas. Necesitamos facilitar el acceso a asistencia técnica, capacitación especializada, tecnología, financiamiento y acompañamiento empresarial. También necesitamos que las empresas conviertan la innovación en decisiones concretas de inversión, gestión y mejora.
Otro desafío del desarrollo productivo dominicano es superar la fragmentación de la acción del Estado. Existen instituciones y programas que promueven la capacitación, la innovación, el financiamiento y la modernización empresarial, pero sus esfuerzos no siempre convergen en una estrategia común. Una empresa puede recibir capacitación sin acceder a tecnología o financiamiento sin asistencia técnica. El Estado debe articular políticas interinstitucionales con objetivos compartidos, intervenciones complementarias y mecanismos para medir su impacto en la productividad. El desarrollo no surge de sumar iniciativas aisladas, sino de conectar sus esfuerzos para transformar la realidad productiva del país.
Porque el verdadero desarrollo comienza cuando la inversión deja capacidades, el conocimiento transforma la producción y el crecimiento se convierte en valor para el país.






