Carla Norrlöf
Antes, los ataques a la reputación eran el precio que pagaban las celebridades por la fama. Pero hoy se han convertido en un riesgo de la vida cotidiana. Cualquier persona que tenga algo que perder es vulnerable. Si se tiene presencia online, el daño puede propagarse mucho más lejos y más rápido que la verdad. La mala publicidad o el acoso convencionales pueden minar la confianza o causar molestias, pero si uno se convierte en el blanco de una campaña potenciada tecnológicamente y destinada a destruir su reputación, podría perder mucho más.
Bienvenido al mundo de las operaciones de reputación: intentos deliberados de socavar la credibilidad de un objetivo y aislarlo social y profesionalmente mediante la amplificación estratégica de información falsa o seleccionada con malicia. Una operación de reputación (“rep-op”, como se la conoce en inglés) no busca persuadir a una persona para que desconfíe de otra. Su meta principal es alterar la reputación de la víctima en las redes, donde la credibilidad, el acceso y la influencia constituyen la moneda de cambio. El éxito de la operación puede manifestarse cuando los colegas de la víctima se vuelven más cautelosos, cuando los amigos se distancian y cuando los empleadores empiezan a sospechar. La reputación es un fenómeno social, y también lo es el proceso para destruirla.
Las operaciones de reputación utilizan algunas de las mismas tácticas que la desinformación y las operaciones psicológicas (“psyops”) soviéticas y rusas, que ya constituían una amenaza mucho antes del auge de las redes sociales. Durante la Guerra Fría, la campaña de desinformación soviética “Operación Infektion” utilizó noticias falsas para debilitar la confianza en Estados Unidos y sus instituciones. En la década de 1980, la KGB difundió la afirmación falsa de que Estados Unidos había creado en secreto el virus del sida y luego culpó a los africanos de la enfermedad. Todo ello formaba parte de un esfuerzo por empañar la imagen de Estados Unidos como una potencia fiable y sembrar divisiones raciales en su propio territorio.
La guerra de reputación no es nada nuevo, por supuesto. La difamación como represalia es una respuesta habitual por parte de las instituciones poderosas que se ven atacadas. Si apuntas al rey, debes prepararte para las consecuencias, incluso si no fallas el tiro. Después de que Sinéad O’Connor intentó denunciar los abusos a menores por parte del clero católico -canalizando su propia experiencia de maltrato doméstico en su versión desgarradora de “Nothing Compares 2 U”, de Prince- fue objeto de un escarnio público feroz. Tenían que pasar diez años antes de que periodistas del Boston Globe sacaran a la luz la magnitud del problema y el encubrimiento institucional por parte de la Iglesia.
Las operaciones de reputación siempre generan un gran revuelo, pero no requieren necesariamente muchos espectadores. Pueden ocurrir incluso fuera del ámbito digital. Después de que Shaakirrah Sanders, una profesora de Derecho negra de la Universidad de Idaho, expresara su preocupación por los sesgos raciales, los administradores de la facultad de Derecho les comunicaron a los miembros del cuerpo docente que su conducta era “poco profesional, degradante y potencialmente deshonesta”. Afirmaron que había “difamado” a sus colegas y, a continuación, alentaron la presentación de quejas en su contra. Como bromeó un decano con otro: “¡La administración contraataca!”.
A continuación, la administración redobló esta campaña de desprestigio con el objetivo de socavar la reputación de Sanders ante el profesorado y el alumnado, asignándole cursos que ella no quería impartir, presentando un resumen desfavorable de sus evaluaciones docentes y votando en contra de su titularidad académica. Más tarde, un juez federal calificó estas acciones de represalias, lo que dio lugar a un acuerdo indemnizatorio de 750.000 dólares.
Las operaciones de reputación plantean un problema desconcertante, ya que demuestran que la reputación de una persona puede verse dañada de forma irreparable incluso con información falsa. Las investigaciones sobre el “efecto de influencia continuada” muestran que la desinformación puede moldear nuestro pensamiento incluso después de haber sido desmentida, y un estudio de 2026 revela que la propia repetición aumenta la percepción de veracidad.
Aunque todos nos hemos acostumbrado cada vez más a detectar noticias falsas y a cuestionar la veracidad de lo que vemos en línea, las operaciones de reputación plantean un problema más sutil. ¿Se difunde la información para informarnos o, lo que es más peligroso, para alterar la forma en que nosotros y otras personas de nuestro entorno en la red tratamos a otra persona? Dado que la reputación, una vez perdida, es difícil de recuperar, y que la información falsa es difícil de rectificar, las operaciones de reputación causan un grave perjuicio a sus objetivos. Una vez que se desenmascaran la manipulación y las falsedades, pueden volverse en contra de sus instigadores. Pero el daño ya estará hecho. Este tipo de campañas son socialmente corrosivas y erosionan aún más nuestra percepción de verdades compartidas, en medio de la avalancha generalizada de desinformación, noticias falsas y operaciones de guerra psicológica.







