Manuel Campo Vidal
Lo peor de una crisis es no saber que está pasando y sobre todo por que sucedió. Fue terrible la pandemia, pero pronto se supo que era el coronavirus. Había que esperar confinados hasta que culminaron las investigaciones, llegaron las vacunas y se produjo la recuperación. Fue sorpresiva la invasión de Ceuta pero no está claro quién la movió; ni tampoco por que la respuesta gubernamental es tan débil y lenta, a diferencia de otros desafíos imprevistos como el volcán de La Palma, la Dana de Valencia o los pavorosos incendios de este verano. El Roto, siempre cáustico, dibuja una muchedumbre en fila hacia Ceuta con una leyenda: “Nos dijeron que era una ciudad abandonada… y era cierto”.
Manu Sánchez en un monólogo en TVE suelta esto: “Pidieron ayuda, no que les enviaran a Ana Rosa Quintana y a Iker Jimenez”. Le faltó referirse a la visita de Aznar, el presidente que recuperó el islote de El Perejil, ocupado por Marruecos; o a la “flotilla solidaria” de embarcaciones de lujo comandada por el “almirante Marcos de Quinto” que defiende la patria pero pagando menos impuestos en Portugal.
Berna González Harbour escribe en un titular lo que se pregunta toda España: “¿Qué le pasa a Sánchez?”. No se sabe. Solo especulaciones. Su comparecencia en el Congreso el jueves 3 -demasiado tarde porque la invasión fue el 30 de julio- no aclaró demasiado, o nada, y sirvió para representar su soledad más absoluta, como nunca se vio en su mandato. Agravado todo por las discrepancias públicas entre la ministra de Defensa y el de Interior, personas procedentes de la carrera judicial.
Enfrente, festival de despropósitos en medios de comunicación que en algunos casos han perdido los papeles porque han agotado todos los adjetivos de descalificación disponibles. Y una oposición política sin ideas que solo trasluce la prisa por ocupar el poder, lo de siempre. Jordi Evole lo ironiza así: “Apoyar a Ceuta al grito de “Sánchez, hijo de puta” es justo lo que se necesita para arreglar el caos”. Los viajes frecuentes de Nuñez Feijóo a Ceuta, que en su derecho está de hacerlos, han aportado tan solo alguna propuesta llamativa como la petición de confinamiento de la ciudad, descalificada en horas por eminentes figuras científicas al entender que no procede, ni se dan las condiciones. La ultima, en la que sí coinciden PP, Vox y los medios afines, es proponer que Sánchez sea “procesado por traición”. Ole.
Entretanto, Ceuta vive en su drama que reclama urgente decisión de mando. Y el electorado se ancla en su perplejidad ante lo que está sucediendo. Nadie responde satisfactoriamente, ni se ve alternativa creíble. Es el tiempo más confuso que se recuerda.
La invasión de Ceuta no se monta por unas redes sociales desbocadas lanzando bulos. Son cooperadores necesarios y no más. Marruecos tendrá que decir qué pasó para tolerar, o peor, impulsar aquella movilización. Y deberá clarificarse la planificación del castigo a un presidente que se enfrentó a Israel por el genocidio de Gaza y a la Casa Blanca por la exigencia desmesurada de nuevas inversiones en armamento. ¿Estamos ante un correctivo? Como al Reino Unido que le mueve Trump ahora lo de las islas Malvinas por su incomparecencia bélica en el estrecho de Ormuz. No se lo perdona. Esto va así.







