Marino Vinicio Castillo Rodríguez
“Tengo que imaginarte,/ reconstruirte,/ fundar una memoria sólo para ti;/ lanzarme en la oscuridad que ocupa el lugar de los recuerdos/ y asirme al hilo de versiones de quienes te tuvieran/ y hacer penumbra al candil de evocaciones de los que te lloraron.” Se trata del segundo verso de mi Elegía Personal del Huérfano.
Me ha ocurrido, cuando ya voy tan lejos en la vida, que acabo de encontrar un nuevo caso en mi familia como el que proviene de esos lares de la orfandad.
Tío Luis María, poeta, y mi padre, eran muy cercanos. En mi pueblo de San Francisco se produjo un hecho criminal que estremeció los lugares: Una joven de alias Jesucita mató a un pretendiente abusador que le asediaba; mi padre sería su defensor.
Al leerlos mi padre se impresionó de tal modo, que le dijo: “Es muy bella su versificación y le pregunto si usted se atreve a escribir su defensa, pues yo la leería como parte escrita y la comentaría en las palabras que me correspondan.”
En efecto, resultó interesante y apropiado el escrito del poeta y mi padre se emocionó al darles preferencia a sus palabras, haciendo el elogio del prodigioso hermano poeta, capaz de escribir algo tan valioso, sin ser abogado; simplemente, una muestra del talento innato de los Castillo.
Me contaban los abogados mayores que encontré al sentarme por primera vez en un escritorio, que el éxito fue colosal, pues tanto el juez de primera instancia como el propio fiscal actuante se conmovieron y fueron directo a una condena mínima sin apelación porque el ministerio público se sentía satisfecho.
Pues bien, guardando las distancias, ahora me he encontrado con una especie diría remotamente parecida. Mi sobrino, ingeniero civil, fue a conocer nuestra instalación física nueva a pocos días de cumplir 125 años nuestra oficina; experto en el manejo de las Aguas, extraordinariamente reservado, hombre que fuera de izquierda mucho tiempo, que lentamente se desencantó de esa utopía, me envió lo que voy a transcribir:
Cuando la sociedad dominicana se regía bajo un Estado de Derechos y Deberes inspirado en los luminosos postulados de la Revolución Francesa, nuestro sistema judicial era un excelente garante de la convivencia pacífica y civilizada; un ejemplo para toda América Latina.
En aquel ambiente, el ciudadano común podía dormir plácidamente aún con las puertas de su casa abiertas. El más humilde alguacil era una legítima y respetable autoridad. Los abogados, salvo raras excepciones, eran cúspides luminosas de cultura, honradez y elocuente verbo. Un juicio penal en la sala de un Tribunal cualquiera era un acontecimiento público enaltecedor y edificante, a tal grado que miembros importantes de las comunidades descuidaban sus quehaceres sólo para disfrutar las ponencias de aquellos ilustres tribunos. Las sabias decisiones de estos jueces eran respetadas y admiradas por todos los estratos de la sociedad.
Ya nuestros abogados, para ser exitosos, no tienen que conocer las enseñanzas de los grandes maestros franceses o ingleses, ni dominar la técnica oratoria de un Cicerón. Les basta con tener buenas “conexiones”, gran habilidad negociadora y cierto dominio del nebuloso entramado de las redes del internet. Esto, porque el resultado de un juicio hoy no se decide en la sala de un Tribunal, sino en lujosos y reservados despachos mediante secretas negociaciones. Ya no requieren de un acogedor despacho tapizado de libros y diplomas donde fraternizar y conversar íntima y francamente con sus clientes. Les basta un pequeño cubículo con dos sillas y una buena computadora para comunicarse “online”, en tiempo real, con el mundo entero y más allá.
Misteriosamente, mientras en el sistema antiguo, con el uso de “plumas de fuente”, “maquinillas” y “papel carbón”, los procesos judiciales fluían con aceptable velocidad, hoy, en esta moderna y cibernética justicia, con el uso de formidables avances tecnológicos y científicos, cualquier “proceso” simple o complejo puede durar décadas para finalmente llegar a una feliz conclusión.
Son las ironías y lastimosas paradojas de este nuevo mundo en que vivimos. Me siento feliz sembrando auyamas y cosechando cacao en el “Pozo de Gémino”.
Nota: Esta es la expresión de la emoción que sintiera al conocer el moderno local de la nueva oficina “Lic. Pelegrín Castillo”
Al leer su modesto y sorprendente mensaje, le dije: “¡Caramba, sobrino, qué sentido tan penetrante tiene usted en la percepción dialéctica!. Usted no puede negar que es Castillo. Un abogado ideal hubiera sido para esta oficina. En su caso, le confieso que no imaginé nunca que usted tuviera esa capacidad de apreciar el estado de ánimo de una comunidad frente a la suerte de sus leyes y jurisdicciones.”
Desde luego, le observé: Luché porque no se produjeran resultados de tal tipo y no se muere mi esperanza de que se harán reformas algún día.







