Nassef Perdomo Cordero
En los últimos meses la figura del “outsider” en política electoral ha sido objeto de discusión intensa en nuestro país. Las tesis sobre su posibilidad de éxito son múltiples y variadas. Pero, en mi opinión, lo verdaderamente importante es preguntarnos por qué es cada día más viable que un outsider irrumpa con fuerza en nuestro país.
En esta época de las redes y del discurso sin matices, Latinoamérica vive un giro profundo hacia el populismo de derechas, que es igualmente nocivo que el de izquierdas. Son varios los países de la región que hoy son gobernados por políticos que deben su carrera a las redes sociales y su incidencia en los medios de comunicación no tradicionales.
¿Por qué ocurre esto en una región tan tradicionalista? ¿Cómo es posible que, en algunos casos, incluso hayan llegado a sustituir en forma repentina a movimientos políticos que tienen muchas décadas de activismo e incluso ejercicio del poder? Esas preguntas tienen respuesta.
A mi entender, la razón por la que todo esto ocurre no es porque los votantes están idiotizados, como pretenden algunos. El problema es que se sienten no escuchados. Para perdurar en el tiempo las instituciones tienen que adaptarse a la realidad en la que se desenvuelven y, aunque muchas cosas hayan permanecido igual, una de las que sí ha cambiado es que los ciudadanos latinoamericanos desean dos cosas: sentirse escuchados y una porción mayor del pastel de la riqueza que genera la región.
Lo que sucede es que nuestros ciudadanos han asumido como cierto el discurso del crecimiento económico, pero no han visto mejorar sus condiciones económicas en una magnitud justa. También viven en un mundo en el cual son capaces de ver cómo los ciudadanos de otra parte del mundo tienen gobiernos que responden a sus necesidades.
Nuestra clase gobernante no se ha adaptado a estos cambios y el efecto es innegable: una erosión creciente de su legitimidad porque lo tradicional ya no funciona igual que antes. Ese vacío es llenado por los referidos outsiders, que no son el mal que nos aqueja, sino sólo un síntoma. La fiebre no está en las sábanas, y las causas del problema son claras. La solución también.







