Federico Jovine Rijo
Nos pasó como el cuento. Finalmente, el lobo llegó, y amenaza con devorarnos a todos. Que bien no se había secado la tinta con que se firmó el TLC (2004), y ya empezaban a escucharse voces que advertían lo que pasaría 20 años después, si durante ese periodo no se tomaban medidas de mejoras que permitieran a nuestros productores competir con ese arroz, una vez desmontadas las salvaguardas.
Hablar de competir en igualdad de condiciones con productores de arroz norteamericanos es una quimera, una aspiración casi imposible. Tanto por extensión territorial de unidades productivas, mecanización, tecnología, genética, economías de escala, subsidios, apoyos focalizados, facilidades, –etc.–, el minifundio arrocero dominicano no puede echar el pleito. Pensar lo contrario es populismo, decirlo es demagogia.
Las puertas del salón de baile están abiertas, y eso implica que cualquiera que sepa bailar puede entrar y bailar con quien quiera; y, así como las mujeres gustan bailar con el hombre que mejor baila (y ese no soy yo), constituye una ilusión pensar que el dominicano consumirá el arroz dominicano (más caro) por sobre el norteamericano (más barato), por un asunto de sabor, gusto, romanticismo o chovinismo. No. El capitalismo no funciona así, y mucho menos con un alimento de consumo diario; y mucho menos en un momento en que hay que hacer que el peso rinda hasta el último centavo.
El arroz es algo más que productores, trabajadores, aporte al PIB o dimensión económica. Es un tema de soberanía alimentaria que hay que proteger a toda costa, dentro del marco de los instrumentos y mecanismos permitidos en términos jurídicos, y posibles en términos políticos y geoestratégicos.
No se trata de defender a un sector poco competitivo o el negocio de algunos, se trata de que los dominicanos mantengamos intacta nuestra capacidad de garantizar autónomamente el suministro, bajo cualquier circunstancia (y la pandemia constituye un buen recordatorio de esto).
Este es un tema país, y como tal, no debería ser politizado. El calendario está ahí y no miente. En la repartición de responsabilidades políticas, en los 20 años donde debió de haberse actuado a nivel de Estado, la carga no se acomoda pareja…
Podemos mirar hacia el pasado o hacia el presente, pero lo sensato sería que todos miremos solamente hacia el futuro.






