Manuel Campo Vidal
El cónclave sanchista del fin de semana no dio sorpresas: las elecciones legislativas se adelantan al 29 de noviembre. Se acabó la legislatura y, con altas probabilidades, la era Sánchez en el poder.
Los analistas políticos más finos -no el personal de derribo- estiman que difícilmente hubiera podido encontrar el Presidente una ventana de oportunidad mejor. Quizás se estaba construyendo una con los Presupuestos, sabiendo que no se los aprobarían, pero el texto se convertiría en programa electoral. La explosión de la crisis de la vivienda ha precipitado las previsiones del calendario.
Estirar el drama de la soledad parlamentaria sin capacidad ni para sacar adelante un decreto de vivienda, con la calle encendida, y con Ceuta hirviendo y doliendo, solo conduciría en meses a la irrelevancia parlamentaria. Ya no se discute lo de ganar, que el optimismo sanchista aún mantiene, sino lo de perder por la mínima. Hay más: el politólogo Joan Navarro estima que si los socialistas logran una coalición con su izquierda para las candidatura al Senado, la mayoría progresista estaría garantizada en la Cámara, donde se frena casi todo.
Por la convocatoria electoral brindarán felices los alcaldes socialistas que aspiran a la reelección en mayo del 27. Un edil andaluz con importantes responsabilidades nacionales, afirma que “lo peor que nos podía pasar es que la legislatura se alargara y Pedro Sánchez decidiera convocar las generales con las municipales”. Es una opinión muy extendida, complementada con otro temor: llegar a las elecciones locales con la herida de Ceuta abierta.
En mayo de 2023 ya sucedió algo parecido: alcaldía por alcaldía perdida se criticó internamente que la irrupción de Pedro Sánchez sn la campaña municipal y autonómica restó en vez de sumar. Pregunten en la Comunidad Valenciana, donde Ximo Puig era presidente y perdió por poco.
Pero no hubo tiempo ni de articular una protesta interna ni, para otros, de celebrar resultados. En Cantabria. donde venció el Partido Popular, arrebatando la presidencia al regionalista Miguel Ángel Revilla, se disponían aquel lunes victorioso a dar una feliz rueda de prensa en su sede cuando supieron que el presidente Pedro Sánchez había reunido de urgencia a los medios. “Quedamos pasmadas”, comenta una consejera, “al ver que convocaba elecciones generales para el 23 de julio”.
Estamos ante un volantazo de esos que Sánchez pega, desconcertando a sus adversarios y a sus propios militantes. Probablemente habrá contado con otros factores de lo que pueda suceder en los 54 días que van desde la convocatoria a la votación. De forma especial, el resultado de las elecciones de medio mandato en Estados Unidos el 3 de noviembre. Hay cierta euforia en el Partido Demócrata por la posibilidad de que amaine el tifón Trump. Si eso fuera así, acaso Sánchez podría capitalizar que es uno de los pocos mandatarios mundiales que le ha plantado cara. Aunque nada es gratis y lo de Ceuta quizás sea parte de la factura.
En cualquier caso, existe una aureola internacional de Pedro Sánchez -pregunten en Italia, en Irlanda, o a los demócratas norteamericanos, por ejemplo- aunque puede servirle de poco en una votación en clave interna. Su relación con Macron ha dado frutos, pero no consiguió ratificar el Tratado de Amistad y Cooperación entre Francia y España al que se opuso el PP con el “no” habitual. Triste. Las encuestas mantienen la suma sobrada de PP y VOX por encima del cincuenta por ciento de diputados. Pero todo está abierto hasta que se vote.







