Guarionex Rosa
Las embajadas suelen ser una fuente de chismes y de creación de zancadillas, como lo fue la dominicana en Puerto Príncipe cuando me tocó dirigirla por más de un año en 1983-85. Como solía ser un coto para ventajas de militares, la llegada de un civil no siempre era grata.
Aparte del tema de la contratación de los braceros para el corte de la caña en los ingenios dominicanos, la queja del tráfico ilícito de mercaderías por la frontera constante, aunque las autoridades de Haití lo veían con disimulo, salió a la luz con el cierre de la frontera.
Sin comunicarlo a la parte dominicana, el ministro de Finanzas de Haití Frantz Merceron (1982-1985) emitió un comunicado en el cual informó que, debido al tráfico ilícito de mercaderías, la frontera quedaba cerrada. Comprobé por diversas vías esa anomalía.
Ecuador, diferente a Haití no tenía dictadura. Lo gobernaba el ingeniero León Febres Cordero, a quien invité tras la presentación de credenciales en el palacio Carondelet a visitar la República Dominicana, lo que le ratificó el doctor Jorge Blanco en carta entregada personalmente por el entonces ministro José Antonio Najri. La visita fue muy ingrata para el ex presidente Rodrigo Borja, gran amigo del doctor Peña Gómez y del PRD, quien se quejó en la embajada y pidió hacerle llegar la insatisfacción al presidente Jorge Blanco, cosa que hice oportunamente.
En esos días Ecuador vivía en apariencia un remanso de paz, aunque ebullía en el fondo, un movimiento terrorista que alentaba el grupo radical criollo “Alfaro Vive, Carajo”, el cual era reforzado por la guerrilla colombiana M-19. A ellos se les responsabilizó del secuestro y posterior asesinato del banquero Nahim Isaías quien era cónsul honorario dominicano.
Aparte de ese acontecimiento de sangre, que en alguna medida afectó a la parte dominicana porque se trataba de su cónsul honorario que era un ciudadano prestante y un filántropo, la misión de dos años fue muy llevadera. Ya para la época se percibía que el Ecuador sería víctima del trasiego de las drogas entre Colombia, gran productor de coca y Perú al sur, un consumidor.
Para huir del aburrimiento en Quito, una capital fría a 2,850 metros sobre el nivel del mar en las laderas de los Andes, me refugiaba en la ciudad de Esmeraldas, a orillas del océano Pacífico, zona productora de petróleo que en esos años estaba en boga por los altos precios internacionales, aunque era de las regiones más pobres del país. En mi primera visita me alojé en el complejo turístico de un joven empresario ecuatoriano. Posteriormente me ofreció su propia cabaña a orillas del mar. Me dijo que lo visitaba siempre el embajador de la Unión Soviética, que tenía el resort como su lugar de descanso. Me brindó en cada ocasión caviar de beluga o sevruga con galletas de Rusia, manjares que no se conseguían ni en Quito ni en Santo Domingo al menos en esa época.






