Rafael Guillermo Guzmán Fermín
El entorno empresarial en nuestro país presenta desafíos específicos que aceleran la muerte de los negocios, según datos y estudios de la Encuesta Nacional a las MIPYMES, aproximadamente el 75% de las micro, pequeñas y medianas empresas fracasan antes de cumplir los tres años de operación. Aunque esta estadística parece fría hay que tener en cuenta que, con ellas, desaparecen trabajadores, familias, proveedores, acreedores, inversiones y, muchas veces, los ahorros de toda una vida.
En tal sentido, cuando las estadísticas oficiales muestran decenas de miles de empresas dominicanas inactivas y miles desaparecen definitivamente, no se trata solo de contabilidad: es una señal preocupante que exige atención. Según el Directorio y Demografía Empresarial Formal 2025 de la Oficina Nacional de Estadística (ONE), el país registró un crecimiento de 4.5 % en empresas formales, un dato positivo que debe reconocerse.
Cuando una pequeña empresa desaparece, el propietario pierde su inversión; los trabajadores, sus empleos; el suplidor, un cliente; el dueño del local, un inquilino; y el Estado, ingresos fiscales. Por eso, cuando una empresa cierra, no cierra sola.
¿Qué está asfixiando al pequeño empresario? Algunas empresas fracasan por mala administración, falta de capital, endeudamiento excesivo, competencia o modelos de negocio débiles. Pero también enfrentan alta electricidad, alquiler, Seguridad Social, impuestos, transporte, financiamiento, inventarios más costosos y una competencia informal que no soporta las mismas cargas.
En este orden cabe destacar, que durante décadas hemos medido el éxito económico principalmente por el crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB). Ese indicador es indispensable, pero insuficiente.
También debemos preguntar: ¿cuántas empresas sobreviven después de cinco años?, ¿cuántas desaparecen?, ¿cuántos trabajadores pierden sus empleos?, ¿en qué sectores ocurre más y por qué? Estas preguntas deben formar parte permanente del análisis económico nacional.
Una economía fuerte no se construye solo con grandes inversiones y empresas; también con el colmado, la ferretería, el taller, la farmacia, el restaurante, la pequeña industria, el comerciante y el emprendedor que cada mañana vuelve a producir.
En tal sentido, para frenar la mortandad de micro, pequeñas y mediana empresas, el Estado debe propiciar un entorno habilitador que combine el alivio fiscal directo con un mayor acceso a mercados y financiamiento. No basta con capacitar; es crucial reducir la asfixia operativa que sufren los negocios de márgenes estrechos.







