Ante su enfermedad de parkinson, Daniel Soriano narra con responsabilidad su lucha incansable de coraje, resiliencia y esperanza. Nunca ha mostrado miedo; tampoco le han temblado las manos para reducir su consustancial solidaridad. Sigue siendo ese ser humano exquisito que conocí en el Departamento de Documentación del desaparecido periódico El Siglo. Su vocación de servicio aún parece congelarse en el tiempo, inmune ante las inclemencia del cambio climático (Nota de Luis García al escrito de Daniel Soriano).
Por Daniel Soriano
En septiembre de 2015 comencé a notar algunos síntomas extraños en mi mano izquierda. Consulté con mi endocrinóloga y ella me refirió al neurólogo Guillermo Jiménez. Luego de conversar conmigo y realizarme varias pruebas, llegó el diagnóstico: enfermedad de Parkinson.
El 15 de septiembre de 2015 fue uno de los días más difíciles de mi vida. Aunque el doctor ya me había adelantado algo, recibir la confirmación me produjo una profunda impotencia. Me pregunté: ¿Por qué a mí? Sin embargo, decidí armarme de valor, comunicarles mi condición a mi familia, amigos y compañeros de trabajo, y comenzar a enfrentar esta nueva realidad siguiendo todas las recomendaciones médicas. Hablar abiertamente sobre lo que estaba viviendo fue una de las decisiones que más me ayudó.
Este 15 de septiembre cumplo once años echando el pleito contra la enfermedad de Parkinson y me encuentro en excelentes condiciones. A quienes también viven con esta condición quiero decirles que no tengan miedo. Es cierto que, hasta el momento, el no tiene cura, pero la ciencia ha avanzado considerablemente y existen tratamientos y propuestas muy esperanzadoras.
No puedo decir que me siento agradecido de pertenecer a este “club”, especialmente porque a muchos nos ha tocado ingresar antes de la edad promedio. Sin embargo, sí quiero expresar mi profundo agradecimiento a mi familia y los médicos que me han acompañado durante estos once años.
En primer lugar, al doctor Guillermo Jiménez, quien realizó mi diagnóstico; también al eminente médico José Silié Ruiz, que en paz descanse; y, finalmente, a la doctora Rossy Cruz Vicioso, una excelente profesional que trata a cada paciente con una dedicación y un cariño verdaderamente especiales.
A todos, muchas gracias.






