Radhamés Severino
Durante siglos, el libro impreso ha sido uno de los principales medios para conservar y transmitir el conocimiento. La expansión de internet, los dispositivos móviles, las bibliotecas digitales y las plataformas académicas ha transformado ese escenario.
Hoy, una colección que antes requería estantes completos puede consultarse desde una computadora, una tableta o un teléfono. Esta transformación ha ampliado de manera notable el acceso a la información, pero también ha reabierto una discusión que con frecuencia se reduce a una oposición binaria: ¿es mejor leer en papel o en pantalla?
La evidencia científica indica que la respuesta es más compleja, porque la comprensión no depende únicamente del soporte, sino también del tipo de texto, el dispositivo, las condiciones de lectura, la atención y las características del lector.
Diversos metaanálisis han encontrado una pequeña ventaja del papel en determinadas situaciones, especialmente con textos informativos y bajo presión de tiempo (Delgado et al., 2018; Clinton, 2019). Sin embargo, otros estudios no identifican una superioridad universal del formato impreso y muestran que los resultados varían según el contexto y la tarea (Fontaine et al., 2021; Li & Yan, 2024; Salmerón et al., 2024). Más que preguntarnos cuál soporte es mejor, conviene preguntarnos cuál resulta más adecuado para una actividad concreta.
El formato digital ofrece ventajas prácticas para localizar conceptos, consultar múltiples fuentes y buscar términos dentro de un documento. Para tareas que exigen una lectura prolongada, reducir interrupciones o seguir cuidadosamente un argumento, algunos lectores pueden preferir el papel o dispositivos configurados específicamente para leer. El entorno digital facilita recorrer titulares, buscar palabras clave y localizar información puntual, prácticas útiles cuando necesitamos filtrar grandes volúmenes de información.
Sin embargo, comprender una investigación científica, un ensayo filosófico o un argumento complejo exige mantener ideas en la memoria, relacionarlas, evaluar evidencias y regresar, cuando sea necesario, a pasajes anteriores. También conviene distinguir entre leer en una pantalla y hacerlo en un entorno lleno de interrupciones.
Las investigaciones sobre multitarea muestran que realizar otras actividades mientras se lee puede asociarse con menor rendimiento y con más tiempo para completar la lectura (Clinton-Lisell, 2021). Notificaciones y cambios continuos entre aplicaciones pueden competir por la atención, aunque esto no significa que la pantalla sea incompatible con una lectura concentrada. En educación, disponer de dispositivos, plataformas y contenidos amplía el acceso, pero no garantiza por sí solo la comprensión. Descargar un libro no equivale necesariamente a estudiarlo, guardar documentos no asegura aprendizaje y encontrar una respuesta mediante un buscador no siempre significa comprender el problema que originó la pregunta. La OCDE ha destacado la importancia de navegar entre fuentes y evaluar su credibilidad en los entornos digitales (OECD, 2021). En una misma búsqueda pueden coexistir artículos científicos, noticias, publicidad, opiniones, contenidos generados por inteligencia artificial y afirmaciones sin respaldo. Leer implica entonces preguntar quién produce la información, qué evidencia presenta y si coincide con otras fuentes confiables. A partir de estas consideraciones propongo hablar de una competencia de selección del medio: la capacidad de reconocer las características de una tarea y decidir conscientemente qué soporte, qué configuración y qué estrategia ofrecen mejores condiciones para realizarla. No se plantea como una competencia aislada, sino como una forma de articular metacognición, autorregulación y alfabetización digital alrededor de una pregunta sencilla: ¿cómo me conviene leer esto? La evidencia disponible no permite establecer una superioridad universal entre papel y pantalla; más bien muestra una experiencia de lectura condicionada por múltiples factores. El futuro de la lectura puede entenderse menos como una elección definitiva entre dos soportes y más como la capacidad de utilizarlos conscientemente para transformar información en conocimiento.